El mercado medieval viste las calles de la Ciudad Vieja con puestos y retales que recuerdan el pasado de la urbe, que mañana vivirá su última jornada de esta edición
28 jul 2007 . Actualizado a las 02:00 h.A Coruña | Tras el mal tiempo de las últimas jornadas, el sol luce en la ciudad en el decimotercer mercado medieval, que en esta ocasión vestirá las plazas y calles del casco antiguo hasta mañana. La Ciudad Vieja se encuentra a rebosar de paseantes que buscan descubrir qué novedades nos trae esta nueva edición. Entre puestos acicalados para la ocasión y banderas decorativas, la gente disfruta de unos deliciosos bollos preñados acompañados por una sidra o incluso de ese dulce artesanal del medievo. Por las calles desfilan trajes de la época vestidos por los comerciantes. Tendremos que mirar tras el mostrador para que, después de una charla, consigamos conocer las cualidades que se atribuyen a jabones de lavanda o especias como el jengibre. Pero no solo de especias y jabones vivía el hombre de la Edad Media, el pan se convierte en uno de los productos con mayor presencia, pero parece que el público no atiende solamente a esto.
Opinan los visitantes
Cristian llegó desde Santiago de Chile hace un par de años, reivindica la presencia del juglar, del saltimbanqui de la época como persona que «amenice el paseo, que no todo ha de ser comercio». Reclama actuaciones espontáneas «que nos hagan interactuar con los personajes, que nos introduzcan en su mundillo, y creo que para esto sería necesario vestirnos como ellos», apunta.
La tranquila plaza de Santa Bárbara acoge puestos como el de Nacho, que viene por segundo año al Mercado Medieval desde Altea (Alicante). Allí vende pulseras, collares y demás complementos hechos con materiales del mar, «algo que pega mucho en una ciudad marítima como esta». Ha venido con su mujer y sus dos hijas, que corretean entre el público con sus atuendos medievales, como si de dos crías del siglo XII se tratase. Frente a él encontramos un teatro de títeres, donde Esteban distrae a niños y niñas con su espectáculo. «En algunas ocasiones adaptamos historias propias de la ciudad, aquí lo intentaremos con la historia de Hércules y el tirano Gerión», explica. Algunos padres que pasean por esta zona con sus hijos echan de menos los talleres de alfarería de otras ediciones.
La curiosidad
Continuamos paseando y llegamos a la plaza de Santo Domingo. Allí hay un stand que recibe el nombre de El libro más pequeño del mundo. En él, Juan y Domi (Palencia) muestran orgullosos un trabajo propio de los escribanos más delicados de la época, un libro de dimensiones ínfimas. 2,1 milímetros por 3 son las medidas de este Padrenuestro de 22 páginas. «He tardado seis meses en terminarlo», dice Juan, que también presume de haber traído en otra edición «un libro que pasaba por el agujero de una moneda de cinco duros». Además, allí podemos encontrar un resumen del Señor de los Anillos de 4 centímetros por 3 y que cuesta 6 euros, e incluso «un Kamasutra al que le ponemos el nombre de la pareja, para que solo se emplee con una persona», aunque los hay que piden su nombre acompañado de puntos suspensivos.
Y con la misma suerte que encontramos el que dice ser el libro más pequeño del mundo, una familia procedente de Jaén se ha topado con este mercado medieval. «Llegamos anoche a la ciudad, y dando un paseo por la zona lo descubrimos. Echamos de menos ver al público vestido con la ropa de la época, y también los malabares y acrobacias que animen el ambiente algo más», dicen Juan, Olga y Luis, su hijo.
El mercado gasta sus últimas horas en las calles de la Ciudad Vieja entre músicas y bailes. Cuando llegue la noche las tabernas serán las protagonistas con los brebajes de antaño disfrazados en las botellas de hoy.