La selección no dio opción alguna a un rival que al llegar al descanso ya había perdido todas sus posibilidades
21 sep 2009 . Actualizado a las 14:48 h.Misión cumplida. El baloncesto español ha conquistado Europa, el reto ante el que se había estrellado en seis ocasiones. España es la actual campeona del mundo y subcampeona olímpica, un par de avales para sentirse inmensamente feliz, pero ahora, con el cetro europeo, lo es aún mucho más.
Nunca hasta ayer se había subido a lo más alto del podio, ese que por fin le permite mirar por encima del hombro a selecciones que como Italia, Yugoslavia, Lituania o Rusia habían amargado la existencia a la generación de los Nino Buscató, Luyk o Brabender, primero; o después, a los Corbalán, Epi, Sibilio, Romay y Fernando Martín. Por fin, el baloncesto español conquistó Europa, porque conquista y no victoria ha sido lo que ha firmado la selección en Polonia.
Dolió la derrota inicial en el Europeo frente a Serbia, casi tanto como el lanzamiento que Pau Gasol erró en el último segundo de la final del Campeonato de Europa de hace un par años frente a Rusia. Así que de una tacada, el baloncesto español salda todas sus cuentas pendientes y certifica que de la mano de una generación inolvidable, de un equipo de ensueño, asiste a un ciclo glorioso.
Por aplastamiento
Un ejercicio de aplastamiento, porque eso es lo que ha hecho España desde que se vio contra las cuerdas en la primera fase. Difícil recordar un Europeo con un equipo tan superior al resto como lo ha sido la selección española en Polonia. Desde la adversidad de las lesiones y de un comienzo errático, Sergio Scariolo encontró la tecla que hizo reaccionar a un grupo extraordinario, por talento y compromiso desde su aparición.
Serbia ha acometido una renovación ejemplar, ha prescindido de sus vacas sagradas y ha rejuvenecido el equipo con un grupo de jugadores que han arrasado en categorías menores. Ivkovic, el veterano técnico que ya llevó a lo más alto a la entonces Yugoslavia, les ha devuelto al primer plano mundial, ese que les ha permitido acumular a lo largo de su historia, antes bajo la bandera de Yugoslavia, 17 metales europeos (8 oros, 5 platas y 4 bronces).
Han vuelto, pero se han encontrado con la versión más ambiciosa de la España de Pau Gasol, del grupo que de una y otra forma, ha estado presente en todas las grandes citas desde su brillante aparición en el Europeo júnior de Checoslovaquia de 1998 y la confirmación un año después en el Campeonato del Mundo, también júnior, de Lisboa. Bajó del podio en Belgrado (2005), pero no ha faltado a ninguna semifinal europea desde 1999.
Bajo la batuta del insaciable Pau Gasol (plata olímpica, anillo de la NBA y trono europeo de doce meses), la selección española derrotó a Serbia en un suspiro.
En solo siete minutos, (20-7) la defensa española redujo a cenizas al brillante Teodosic y a una generación que tendrá que esperar para consagrarse definitivamente. Desde la defensa, Pau Gasol ejerció como el jugador más poderoso del baloncesto europeo y el resto de sus compañeros se sumaron a la fiesta ofensiva.
Un repaso en toda la regla a un rival sin respuesta para poner coto al aluvión creativo que se le vino encima. Tan sobrado estuvo el equipo español, que utilizó los dos últimos cuartos a beneficio de inventario, una forma de congraciarse con los jugadores que menos minutos han tenido.
El 52-29 al descanso era tan concluyente que a Serbia solo le quedaron fuerzas para intentar maquillar, sin convicción alguna, un resultado que podría haber sido incluso más escandaloso si Sergio Scariolo hubiera tenido intención de hurgar un poco más en el rival. No lo hizo. Marcador al margen, es imposible encontrar una diferencia tan abismal en la final de una cita europea.
Emotivo broche a un Europeo que comenzó con una derrota frente al equipo que ayer dobló la rodilla. A la joven Serbia, esa que ha arrasado durante los últimos años en categorías inferiores, le costará asimilar una derrota tan dura en una final. Tiene tiempo para esperar su turno. Al menos hasta que Pau Gasol decida que su cuerpo necesita una descanso extra durante el verano o que su ambición y compromiso quedan definitivamente saciados.