
«No, no voy a ir a ningún centro, de ninguna manera, trataré de cuidarme yo solo», dice el popular peregrino.
28 dic 2011 . Actualizado a las 06:00 h.«Económicamente estoy mal. De salud... intentaré sobrevivir y dar mucha guerra en la plaza, a ver si me entiendes». Ruge de nuevo la garganta abordonada de Juan Carlos Lema Balsas, Zapatones, el popular peregrino del Obradoiro, que el pasado lunes recibía el alta en el Hospital Clínico de Santiago. Después de dos semanas en boxes, Zapa ha vuelto a las calles de Compostela. Al menos, por unos días. Cuenta el hombre más retratado de Galicia que está resolviendo papeleo para tramitar la invalidez y que, de momento, se alojará en una pensión, «barata pero digna».
-¿Y qué hay de aquello de irte a un centro especializado para tratar tu problema?
-¡Zapatones no nació para estar encerrado!
En las dos semanas que ha estado en el Clínico, Juan Carlos ha tomado una decisión que, asegura, es irrevocable: «No, no voy a ir a ningún centro, de ninguna manera, trataré de cuidarme yo solo, agradezco la ayuda, pero lo he repensado». Añade que se ha puesto en contacto con los salesianos de Cambados, que lo criaron, y que tiene pensado irse una temporada a vivir con ellos. En el hospital se preocuparon de él los servicios sociales, un familiar y algún amigo. Incluso se le ofreció una plaza en una residencia en Arzúa. Pero Zapatones ha dicho su última palabra: «No». «Lo que no voy a hacer de momento -dice- es vestirme de peregrino, primero tengo que mejorar».
Reencuentro con Pepe
Juan Carlos Lema ha salido del hospital en mejores condiciones de las que entró. Pero ya no tiene casa. Firmó el desahucio y ahora vive con lo puesto; el resto de sus bártulos, incluido su traje de superhéroe jacobeo, están arrumbados en casa de una persona de cuya existencia nadie de su entorno sabía: su hermano Pepe. «Teño costume de ver o parte ás dúas menos cuarto. O outro día, cando saíu Juan Carlos na tele, púxenme a chorar. ¡Meu irmán!». El que habla es José Lema Balsas, natural de Ponte do Porto (Camariñas), el único hermano de Zapatones. Conocer a este hombre de ojos azules desconcierta. ¿A Zapatones no lo habían criado en un orfanato? Es cierto, lo entregó su madre cuando era un bebé. «Eu son algo maior -cuenta Pepe- e a miña nai non tiña cartos para manternos aos dous».
Hasta hace dos semanas, Pepe y Juan Carlos no se hablaban. Pero la sangre tira y, enterado del desahucio y la enfermedad, José condujo desde su casa de Camariñas hasta Santiago a bordo de esos cuadriciclos que se llevan sin carné; tardó horas. La realidad que se encontró en Brañas de Sar superaba al telediario. Descuidado, sucio y enfermo, Zapatones se consumía a la orilla del río. Mientras se lo llevaba una ambulancia, José recogió los bártulos que le cabían en el cochecito para regresar a Ponte do Porto con las memorias embaladas de su hermano en el maletero. Antes lo veló. Pepe quiere agradecer a los servicios sociales lo que han hecho por su hermano. «Póñao no periódico, por favor», insiste.
«Económicamente estoy mal. De salud... intentaré sobrevivir y dar mucha guerra»
Juan Carlos Lema Balsas