S orprendente para el país de la revolución bolchevique, Rusia no es dada a las manifestaciones callejeras. Ni aquella revolución que creó la URSS ni la revuelta que la destruyó en 1991 fueron realmente masivas. Lo que nos deja con un mensaje contradictorio: el pueblo ruso es pasivo, pero en Rusia todo puede cambiar en cuestión de días. ¿Podrían ser estas protestas contra el fraude en las elecciones el comienzo de una primavera rusa? Quizá, pero hay varias cosas a tener en cuenta.
Putin ha perdido popularidad, y posiblemente muchos de sus votos se han logrado por medio del fraude, pero incluso así cuenta con una base muy sólida, superior al 35 % del censo. Por el contrario, la oposición está dividida y es débil. Los liberales, Yabloko, apenas han pasado del 3 % de los votos. Significativamente, es el Partido Comunista el que se ha beneficiado del descenso de Rusia Unida. Y de momento, las manifestaciones no son grandes: miles de personas en una ciudad de 10 millones como Moscú no es algo nuevo ni suficiente. Si no crecen rápido, perderán fuelle, como sucedió a los indignados en España. O se acabarán enrocando en un espacio reducido, como el movimiento okupa en Nueva York y Londres. Porque es con ellos, y no con la «primavera árabe» con quien habría que comparar esta protesta. Rusia está lejos de ser una democracia seria, pero no es una dictadura.
De lo que no hay duda es de que todo esto ha cogido por sorpresa a la nomeklatura, y puede llegar a tener un impacto en las elecciones presidenciales del año próximo, que son las que realmente cuentan para Putin. Pero para ello, este movimiento se enfrenta al mismo dilema de siempre: construir una alternativa realista o hacer de la protesta un fin en sí mismo. Ninguna de las dos opciones es fácil y ninguna garantiza el éxito.