El privilegio de tener un muerto propio

María Socorro Mármol Brís

CABANA DE BERGANTIÑOS

ANA GARCÍA

«Él me apremió a visitar una parte aún desconocida de su tierra gallega, la Costa da Morte, y allí que nos fuimos, cegada yo aún de la rotunda luminosidad de mi Andalucía, y deseoso él de catequizarme para las sombras «esfumatas» de su Galicia» (...). Encaramados sobre la inestable Pedra de Abalar, mientras el crepúsculo nos convertía...»

27 mar 2016 . Actualizado a las 14:08 h.

De esto hace ahora cuatro años. Era otro marzo como este, de un año bisiesto, también como este. Él me apremió a visitar una parte aún desconocida de su tierra gallega, la Costa da Morte, y allí que nos fuimos, cegada yo aún de la rotunda luminosidad de mi Andalucía, y deseoso él de catequizarme para las sombras «esfumatas» de su Galicia. Hechos como estábamos ya, después de tantos años, a no tener que tocarnos para sentirnos, ni hablar para entendernos, pudimos ajustarnos al lenguaje de las cosas con el que apalabramos sin palabras un regreso a esos rincones iniciáticos donde inauguramos confidencias inéditas.

Estoy tan segura de que existió esa promesa como lo estoy de haberme pasado estos últimos cuatro años doliéndome de su afrenta. Sería su única promesa incumplida, sencillamente porque, llegado el mes de diciembre del 2012, él decidió morirse sin más, olvidando que, encaramados sobre la inestable Pedra de Abalar, mientras el crepúsculo nos convertía en oscuras siluetas enamoradas, nos habíamos juramentado para regresar en el siguiente mes de marzo del siguiente año bisiesto.

Lo vi haciéndome señas

Si lo sucedido fue realidad o loquería no me preocupa; lo cierto es que, llegado marzo de este año bisiesto de 2016, él vino una noche a decirme que qué tal si viajábamos a la Costa da Morte a cumplir nuestra promesa de cuatro años atrás. Esa mañana, sobre mi escritorio encontré la convocatoria al primer Congreso de escritores Anllóns y el Dolmen de Dombate: territorio literario 2016, a celebrar en Cabana de Bergantiños. Hecha como estoy a las cosas de mi muerto, allí que me fui dispuesta a reconciliarme conmigo misma para poder seguir viviendo como ser impar después de tanto habernos hecho a ser dos.

Debe ser cosa de escritores. O de la edad. Porque, nada más atravesar el Ponteceso sobre el río Anllóns, lo vi haciéndome señas como si me estuviera dando la bienvenida, a lo que yo contesté con un leve parpadeo tratando de evitar que mis acompañantes se dieran cuenta de mi desgobierno.

Apenas me dio tiempo a deshacer la maleta cuando empezó a urgirme para que iniciásemos un recorrido por esa parte desconocida de la Costa da Morte. Vimos el Dolmen de Dombate evitando hablar de monumentos mortuorios; nos asomamos a los ventanales de restaurante Mar de Ardora para contemplar la huida de las aguas en la Ría de Corme e Laxe y salimos a la lluvia del crepúsculo cogidos de la mano, gozándonos en el recuerdo de lo nuestro, pero procurando que mis colegas escritores no se apercibieran de su fantasmal presencia.

Llegada la hora del sueño, me dejé llevar por él, como había hecho cuatro años atrás, hasta un lugar del que no voy a dar más razón porque así se lo prometí a todos los asistentes, pero del que puedo contar algunas cosas. Del trayecto solo recuerdo cientos de limones amarillos y brillantes iluminando las tapias que dejábamos atrás, camino de la costa, y prados cuyos tréboles despedían ráfagas luminiscentes desde diminutas gotas de rocío encendido. Nos deslizamos sobre un silencio perfecto que invitaba a permanecer en eterno tránsito.

Supe que habíamos llegado porque se nos acabó la tierra y la mar rompió con su algarabía la magia de la nada. Entonces él me dijo que sería de los pocos seres mortales que asistiría a la reunión de los muertos que siempre esperan en la Costa da Morte a quienes siguen amando desde su soledad. Y yo, en sueños, junto al Mar, recité para mi muerto propio aquel soneto de Carilda Oliver Labra que cuatro años atrás le recité en vida:

Me desordeno, amor, me desordeno
cuando voy en tu boca, demorada;
y casi sin por qué, casi por nada, 
te toco con la punta de mi seno.

Te toco con la punta de mi seno
y
 con mi soledad desamparada;
y acaso sin estar enamorada 
me desordeno, amor, me desordeno.

Y mi suerte de fruta respetada
arde en tu mano lúbrica y turbada
como una mala promesa de veneno;
y aunque quiero besarte arrodillada,
cuando voy en tu boca, demorada,
me desordeno, amor, me desordeno.

DNI. María Socorro Mármol Brís. María Socorro (conocida también literariamente como Gaviola de Aznaitín) nació en Bedmar (Jaén, Andalucía), en el año 1944. Hace unos días visitó la Costa da Morte con motivo del primer encuentro internacional de escritores Río Anllóns e Dolmen de Dombate, con sede en Cabana. Regresó después de un tiempo tras la pérdida de su amor, y durante el congreso dejó para el recuerdo anécdotas de su época de profesora en Cuenca o hermosas oraciones, como «estamos hechos para ser pareja». Socorro Mármol es escritora, poeta, investigadora, abogada...