El país heleno quedaría sumido en una profunda recesión y Europa se jugaría el preciado sueño de la moneda única
16 may 2012 . Actualizado a las 16:16 h.Lo que hasta unos meses parecía impensable, se antoja ahora a la vuelta de la esquina. El futuro de Grecia en el seno del euro pende de un hilo. La descomposición política y el auge de fuerzas radicales contrarias a los ajustes que exige Europa para seguir sosteniendo al país heleno han colocado a este con un pie fuera de la moneda única. Y lo malo es que si esa bomba de relojería explota, la onda expansiva traspasará las fronteras helenas y podría incluso acabar segando la vida del euro.
¿Qué consecuencias tendría para Grecia?
Sencillamente devastadoras. La vuelta al dracma traería aparejada una brutal depreciación de la moneda recién recuperada. En los despachos del Gobierno alemán se manejan desde hace meses cifras que hablan de un 40 %. Más moderados resultan los cálculos del FMI, que apuntan a una horquilla comprendida entre el 15 y el 20 %. La consecuencia inmediata sería una alocada fuga de capitales, a la que habría que poner freno echando mano del corralito, y un más que posible colapso del sistema financiero del país que alumbró la democracia. Todas las puertas de la financiación quedarían cerradas a cal y canto para los bancos helenos, empezando por la del BCE. Sufrirían los griegos una recesión brutal y un empobrecimiento todavía mayor que el que soportan ahora. Que ya es decir. Algunos cálculos que circulan estos días por las mesas de operaciones apuntan que la salida del euro le costaría a Grecia el 40 % de su PIB. Ahí es nada.
¿Y para Europa?
La salida de Grecia del euro ha dejado de ser un bisbiseo a espaldas del enfermo. El equipo médico de Europa ya no se anda con paños calientes. Ha decidido airear el diagnóstico y su tratamiento: o Grecia se toma la medicina -ajustes a diestro y siniestro- sin rechistar, o le desconecta la respiración asistida -no habrá más dinero- y que sea lo que Dios quiera. Porque como dice el doctor -para algunos, más bien matasanos- Schäuble -el ministro de Finanzas alemán-: «Ya estamos en los límites de los que es creíble para los mercados financieros».
¿Habrán calibrado bien los médicos el efecto sobre el resto de los pacientes de la decisión de abandonar a su suerte al más enfermo de todos? Más nos vale.
Cierto es que el material quirúrgico del que disponen ahora para evitar que la gangrena se extienda (un nuevo fondo de rescate permanente de 500.000 millones de euros, con herramientas para comprar bonos soberanos e inyectar capital en los bancos de la eurozona), es mucho más avanzado que el de antes. Y esto puede llevar a algunos a pensar que están en disposición de evitar que la infección se extienda. Pero, en cuestiones de salud, ya se sabe...
En cambio, lo que sí parece claro es que la amputación de uno de los miembros no será inocua para el resto.
¿Quiénes serían los más perjudicados?
Los eslabones más débiles de la cadena. Empezando por Portugal e Irlanda, y siguiendo por España e Italia.
En cuanto la puerta del euro se cerrara detrás de Grecia, comenzarían las cábalas y las apuestas sobre quién sería el siguiente en abandonar el barco. Arrojado por la borda, claro.
Los propietarios de cuentas en entidades financieras de los países estigmatizados intentarían llevarse su dinero a Estados supuestamente más seguros, como Alemania. Una fuga de capitales que pondría en peligro los sistemas financieros de esas naciones.
¿Cómo podría evitarse el contagio si Grecia abandona la eurozona?
Solo en el caso de que las autoridades de la eurozona consiguieran convencer a los mercados y también, y muy importante, a los ciudadanos, de que lo de Grecia es una historia que no volverá a repetirse, un caso aislado. Y, para ello, evidentemente no solo valdrían las palabras, tendrían dejarse de remilgos y sacar la artillería pesada, incluido el tanque del BCE. Solo así se salvaría el euro.