El 12 de mayo del 2012 Sotheby's subastó uno de los cuadros más famosos del mundo, El grito, de Edvard Munch. Tras una reñidísima puja, se anunció que un comprador anónimo había pagado por esa obra 120 millones de dólares, la cifra más alta alcanzada nunca por un cuadro en una subasta. Tuvieron que pasar dos meses para que se conociera la identidad del espléndido coleccionista que se había hecho con él: Leon Black, fundador y presidente ejecutivo del fondo de inversiones estadounidense Apollo Global Management.
Black, que tiene 62 años, es un financiero conocido por su dureza negociadora y su capacidad de supervivencia económica incluso en los tiempos más duros. Fundó el fondo que preside en 1990 tras dirigir el banco de inversiones Drexel Burnham Lambert cuando este fue a la quiebra. Y ha especializado su exitoso fondo en la adquisición de compañías ruinosas, sobre todo del sector inmobiliario y de tamaño medio o pequeño, a las que sanea para luego vender con jugosos beneficios.
Pero Black es mucho más que ese tiburón financiero. Es un auténtico entendido en arte, una pasión que heredó de su madre, artista y galerista en Nueva York. El presidente de Apollo tiene una colección valorada en más de 750 millones de dólares que, al contrario de lo que hacen otros coleccionistas, no muestra en público. Leon Black tiene sus obras colgadas en las paredes de su magnífico piso de Park Avenue, en el que vive con su mujer y sus cuatro hijos. Lo que demuestra Black en todas sus negociaciones, sean discusiones financieras o subastas de arte, es que es un fino conocedor de la condición humana, y ese conocimiento probablemente lo haya adquirido de otra de sus aficiones: la obra de Shakespeare.