
Han pasado más de 20 años desde que empezaron una de las carreras más exitosas del pop nacional. Vuelven con su carro de hits y las canciones de «Planeta imaginario», su último disco. Esta noche lo presentan en la Sala Pelícano de A Coruña
10 mar 2017 . Actualizado a las 12:28 h.Llega La Oreja de Van Gogh con ganas de colar a los fans en su universo. Con su último disco, Planeta imaginario (2016), apelan a lo que ocurre cuando se juntan los cinco más allá de sus vidas normales. En el escenario ese lugar se representa como un saloncito pop que abre sus puertas. «Queremos transmitir la idea de nuestro local de ensayo acogedor, con unos amigos pasándolo lo mejor posible», señala Haritz Garde, su batería. Esta noche estarán en la sala Pelícano de A Coruña (22.00 horas, entradas 20 euros).
-Un local de ensayo que lleva siendo el mismo desde casi el principio del grupo, ¿no?
-Sí, estamos en el mismo sitio. Somos de pocos cambios. Ahora a lo mejor nos tenemos que mover, por problemas de inundaciones u humedades. Pero nos quedaremos cerquita, en el mismo barrio.
-En cierto modo aún transmiten esa imagen de amigos de instituto. ¿Se ven así?
-Nos vemos como un grupo de amigos, pero ya no de instituto [risas]. Hemos crecido, algunos ya pasamos de los 40. Pero la filosofía como banda sigue igual: amigos que quieren disfrutar y emocionar a la gente. Eso nos mantiene juntos. Pero las cosas crecen. Seguimos hablando de amor, pero del amor de los 40 años. Va creciendo todo. Es lo normal.
-Sorprende su normalidad en un mundo, el del pop, que potencia la extravagancia y lo excepcional.
-Sí, si no fuésemos músicos seguiríamos igual. Nosotros queremos que las protagonistas de todo sean las canciones. Y, luego, el grupo. Individualmente no nos gusta sobresalir. En el resto, nos gusta ser gente normal. Cuando estamos aquí, en San Sebastián, hacemos nuestra vida, llevamos a los niños al cole, hacemos la comida, buscamos a la mujer que viene de trabajar y volvemos a llevar a los niños al cole. Cosas normales y sencillas. Somos unos privilegiados, que trabajamos de lo que nos gusta y, aún por encima, nos aplauden y emocionamos a la gente. Eso es lo que nos gusta. Pero no debe dar pie a hacer cosas que no sean normales, ni nada de otro mundo. Lo vemos así. Al ser cinco nos protegemos: si uno hace una tontería le damos una colleja [risas].
-Da la sensación de ser una actitud muy de Donosti. Otros músicos de ahí también destacan por esa placidez vital sin muchas estridencias de estrella.
-Puede ser. Aquí estamos como apartados de todo. Tú ves a Álex Ubago o Mikel Erentxum y los ves así. Somos muy caseros, muy de pueblo, muy de volver aquí a nuestra casa, estar con nuestra gente, quitarnos el personaje y descansar hasta volver al escenario.
-Dice que quiere que las protagonistas de LOVG sean las canciones. Salvo algunas variaciones, las del último disco suenan a lo de siempre. ¿Están condenados a sonar igual?
-Tú lo has dicho. Tenemos casi una caligrafía completa, como una manera de escribir que no nos la podemos quitar de encima, en el buen sentido. Estamos muy orgullosos de que sea así. A veces intentamos en el local de ensayo hacer cambios.Dices: «Vamos a hacer una majarada y tirar por eso». Y lo hacemos. Pero, al terminar la canción, vemos que no podemos escapar de ciertas cosas que suenan a nosotros. Podríamos hacer una canción tirando a lo heavy y sonaría igual a La Oreja de Van Gogh.
-En el nuevo disco hay una, «Camino corazón», de aire latino.
-Ese es un ejemplo: quieres hacer algo diferente, pero sigue sonando a ti. Siempre seremos reconocibles.
-Uno de los temas más emocionantes del disco es «Estoy contigo». No solo por ese punto épico, sino por la temática que trata. ¿Es la primera canción del pop español que habla del alzhéimer?
-No tenemos constancia de otra. Tampoco la hicimos pensando en ser los primeros. Es un tema que nos preocupa, que lo tenemos cerca, que conocemos a mucha gente que lo padece. Queríamos con esta canción acompañar a quienes lo sufren, darles un gran abrazo y estar con ellos en esta enfermedad.
-Imagino que, precisamente por la carencia de este tipo de canciones, se establecen unos lazos con los oyentes muy especiales.
-Sí, la gente se emociona mucho y nos viene a decir que la hemos animado. Al final, eso de lo más grande, que te venga alguien y te diga que le has llegado con tu canción, que lo has emocionado y que se ha podido evadir y refugiarse. Eso es maravilloso.
- En «No vales más que yo», van directamente a la violencia de género. Parecen tener una intención acudir a unas temáticas que a veces se escurren por resultar cursis o incómodas. ¿No tienen ese miedo?
-Siempre hay miedo y yo entiendo perfectamente a quien lo tenga. A todos nos ha pasado. Muchas veces nos hemos atrevido a hablar de esas cosas con la experiencia, sin caer en el oportunismo, lo cursi o no hacer daño. Son temas muy delicados y el equilibrio es complicado. Por ejemplo, en el alzhéimer hay algún enfermo que se puede ofender si no hilas bien. Las palabras justas son muy importantes. En ese sentido, estamos muy orgullosos de lo que ha salido, igual que que cuando hicimos la canción del 11-M, que la Asociación de Víctimas tomó como suya. Es una maravilla. Pero entiendo que haya grupo que les cueste más, porque es muy complicado. No es fácil atreverse, dar el paso y que luego se entienda todo.
-¿Esto genera una relación muy intensa con los seguidores, más allá de vender?
-Sí, a nosotros nos interesa hablar de cosas que nos preocupan y que vemos que tienen sentido en el pop. Yo creo, por ejemplo, que de la violencia de género cuando más se habla, más se vea más nos daremos cuenta de lo que es, de lo malo que es y lo trágico que es. Son cosas que hay que gritarlas, cantarlas y decirle a todos los hombres que no son más que nadie. Nos gusta decirlo a nuestra manera: cantando y haciendo canciones.
-Tienen ahora un toque electrónico que los podría conectar con grupos como The Killers, Two Door Cinema Club o, aquí, Supersubmarina. ¿Les gusta esa onda?
-Sí, bastante. Esos grupos que citas, y otros como Muse, nos influyen. Nos gusta ir escuchando cosas nuevas y aprendiendo. No queremos perder la esencia, pero al tiempo nos gusta ir a favor de las canciones. Si una canción pide electrónica, no le ponemos pegas. Vamos por ahí. Pero al tiempo nos gusta mantener la esencia del grupo de bajo, guitarra, batería y voz.
-Volviendo a esa época de instituto y universidad, ¿qué grupos les apasionaban entonces?
-Buff, eran años de escuchar mucha música. De todo. Escuchábamos desde Metallica o Pearl Jam a Janis Joplin, El Último de la Fila o Manolo García, que entonces empezaba. Lo que ha salido es, en parte, de escuchar eso. Cada uno, además, tenía sus grupos. A Xabi, el teclista, le gustan las cosas electrónicas tipo Mike Oldfield o Depeche Mode. A otros nos tiraban Nirvana o Green Day.
-Le confieso que me sorprende lo de Metallica. ¿Eran fans de ellos en serio?
-Pues sí, hemos sido muy fans. De hecho, estamos pensando en ir a verlos en directo. Ahora no lo seguimos tanto. El otro día, tras ver un documental, comentábamos entre nosotros el ir a verlos. No nos cerramos a ningún género y muchas veces sacas cosas interesantes de esos estilos con los que no tiene nada que ver.
-Con ese batiburrillo de influencias obtuvieron un éxito casi instantáneo.
-Sí, de cero a cien.
-Cuando eso ocurre siempre surge la sospecha de si se trata de un grupo prefabricado por la compañía. ¿Cómo fue su caso?
-Fue muy rápido e inesperado, incluso por la propia compañía. No apostaba por nosotros nadie. Era lógico. Éramos cinco chavalillos tocando lo justo para defender las canciones y poco más. Estábamos aprendiendo. Pero pienso que eso fue lo que conectó un poco: la frescura, el batiburrillo de ideas y el no tener prejuicios. Los que dijeran que era premeditado que lo pregunten en la compañía. Si hubiera sido así, la compañía hubiera hecho un cásting y hubiera escogido por lo menos a cuatro chicos guapos y no elegir a cuatro feos como nosotros que, además, tocábamos mal [risas]. Nosotros no esperábamos ni grabar un disco. Fue un amigo que mandó nuestra maqueta a Sony y a través de otras chica que trabajaba allí, que era de San Sebastián, nos fichó. Todo con parte de la compañía en contra que no nos veía ahí. De repente, empezó a sonar en la radio, conectó con la gente y 20 años después aquí estamos, hablando de ello.
-La secuencia continúa con el clásico: «Esto es un grupo de temporada, ya verás como en el segundo disco no se acuerda nadie de ellos». ¿Les llegaba ese mensaje?
-Sí, nos decían eso. Pero el segundo disco fue aún mejor y el tercero, más.
-Y todo ello sobreviviendo a un cambio de cantante. Creo que, en la primera división del pop comercial español, solo lo logró en su día Olé Olé con Marta Sánchez.
-Sí, eso fue también una sorpresa. Tras irse Amaia decidimos seguir, pero pensando en que no iba a ser lo que era. Pero apareció Leire, le dio un aire nuevo al grupo y la gente entendió perfectamente el cambio. Nos gustó, porque más allá de que si cantaba Leire o Amaia, la gente se dedicó a disfrutar de las canciones, del grupo vivo y de que estuviesen ahí.
-Llegamos al 2017. Llegan con un disco titulado «Planeta Imaginario». ¿Una metáfora del universo que han creado durante estos años?
-Sí, el planeta imaginario es lo que pasa cuando nos juntamos. Como te decía antes todos tenemos una vida normal que no tiene más interés. Pero cuando salimos por ahí, damos conciertos, la gente nos pide autógrafos, se emocionan con nuestras canciones y es algo mágico. Por eso creemos que es nuestro planeta imaginario. Algo totalmente extraordinario.