Después de más de seis décadas de funcionamiento, el hospital psiquiátrico Cabaleiro Goás, de Toén, ha cerrado sus puertas. Los 59 últimos pacientes que quedaban en él -en otras épocas llegó a albergar hasta 200- fueron trasladados a nuevas instalaciones en el hospital de Piñor, donde también está el área de rehabilitación del complejo hospitalario ourensano. Así se cierra un capítulo de la psiquiatría gallega, que lució durante algunas décadas como modelo y referente, pero que en los últimos tiempos se había convertido en un recuerdo lastimoso de un sistema trasnochado y un lastre económico.
De modelo a rémora
El proyecto del hospital de Toén fue presentado con todo boato en la Exposición Internacional Iberoamericana de Sevilla en 1929, aunque no fue hasta finales de los cincuenta cuando comenzó a funcionar. El primer edificio pronto se quedó pequeño y se construyó un segundo pabellón, pensado en principio para separar a los hombres de las mujeres. Fue el primer error de cálculo y muy pronto todos compartieron las nuevas instalaciones, que a su vez fueron parcheadas y ampliadas con sucesivas inversiones de dinero público que, a la postre, demostraron su falta de planificación y su escasa operatividad.
El paso de los años y la falta de acierto en las reformas para adaptar las instalaciones a las nuevas filosofías psiquiátricas fue convirtiendo al otrora modélico psiquiátrico en un lugar inhóspito y desagradable, con rejas en las ventanas de hierro -a las que últimamente se habían añadido dobles ventanas exteriores para frenar el gasto en calefacción-, mobiliario escaso y envejecido, baños y duchas comunes con filas de urinarios, y paredes y techos desconchados. Un lugar en el que incluso se mantuvieron las viejas celdas de aislamiento -aunque ya no se usaban desde hace más de tres décadas- propias de una psiquiatría que combatía con este tipo de remedios la falta de fármacos adecuados para controlar los brotes violentos.
En ese entorno, desconocido por la mayoría de los ourensanos hasta que los responsables sanitarios decidieron mostrarlo a la opinión pública, vivían 59 pacientes y hacían su labor los técnicos y especialistas sanitarios, que no gozaban de mejores condiciones en sus salas que los propios pacientes. Esa decisión de mostrar las instalaciones pretendía explicar de forma gráfica las razones que motivaron el traslado al hospital de Piñor. Un traslado que no contó con el beneplácito de todos los implicados: la Plataforma Pro Sanidade Digna, formada por algunos trabajadores del psiquiátrico, se oponía a ese cambio por considerar que Piñor no es la solución idónea. La plataforma criticó incluso los arreglos en el nuevo hospital, aludiendo a su peligrosidad y mostrándose en desacuerdo con que compartan un edificio en el que hay otro tipo de servicios. La responsable de psiquiatría del CHUO, María Jesús Gómez, defendió el traslado de los pacientes como «el cambio a un espacio digno, normalizado e integrador que tendría que haberse hecho hace ya muchos años», y acusó a la plataforma de mantener un discurso alejado de la psiquiatría moderna, «casposo, paternalista, retrógrado y poco profesional, que fomenta la estigmatización de estas personas».