La bola de espejos del «hall» de Expocoruña empezó a girar y se convirtió en una gran discoteca. El público dio un mordisco y se preparó para la fiesta de hoy y mañana
18 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.. Un aperitivo. Así estaba pensada la primera jornada del Sónar Galicia y así se lo tomó la gente. Eclipsados por el poder seductor de LCD Soundsystem, el resto del cartel parecían cumplir una misión: calentar motores. Y sí, subió la temperatura, se conjugó parte de la magia y la enorme bola de espejos del hall de entrada de Expocoruña empezó a girar y a emitir sus pequeños destellos de luz sobre los cuerpos de los cientos de personas que acudieron a la llamada del baile.
Llegaron de gala. Al público entendido le suelen molestar las miradas superficiales, las que se detienen en el carnaval de ropas, peinados y actitudes. Pero al público normal le encantan. Así que toca perderse en el paisaje de tupés, zapatillas retro y poses afectadas. Si en el escenario los franceses Uffie salían con una sintetizador-guitarra que semejaba ser rescatado de un videoclip de Modern Talking, en el foso el público se perdía en el eterno retorno de esas tendencias que siguen atrapadas en los años ochenta. Sí, sí. Hombreras, tacones con tachuelas y camisetas con iconografía rescatada de la infancia de los que hoy tienen treinta y muchos. La modernidad, hoy en día, va un poco de eso. O lo parece.
Ese ambiente iniciático se lo perdió mucha gente por falta de previsión. Por ejemplo, los amigos de Carles, un mallorquín que aprovechó el hecho de tener varios amigos en A Coruña y la coincidencia con el evento para visitar una vez más la ciudad. «Los llamé -explica-, y les dije que estaban los abonos a la venta. Dos los compraron. Los otros dijeron que esperaban un poco, que era imposible que se agotasen». La historia terminó con los amigos de Carles frustrados. «Bueno, vendrán el sábado, que es el único día para el que quedan entradas todavía».
Los de dentro, sin embargo, tenían otro paradójico problema. «Mañana no sé qué hacer, si ver a Air o a Delorean. Tocan a la misma hora y me encantan», decía Rocío con cara de indecisión. «Pues ves 20 minutos de cada uno de ellos», le sugería Guille, su amigo. «Ya hombre, ya, pero no sé muy bien qué hacer, siempre te queda la duda de estar en un escenario pensando en si lo del otro estará mejor», le replicaba.
La abundancia tiene estas cosas. Y eso que había quien se quejaba de que este Sónar Galicia no incluyese en cartel a todos los artistas que sí contempla el evento padre de Barcelona. Pero superadas las indecisiones, tocaba moverse y el DJ John Talabot ayudó a ello, levantando las manos al cielo de la masa, luchando contra la luz de día, pero especialmente contra el hecho de que la mayoría iba a medio gas.
Estaba claro que el día uno del Sónar Galicia fue de tanteo, de cerveza en mano, de mirar y dejarse mirar, de pensar que «esto va a ser la leche». Hoy viernes la mayoría del público tenía que levantarse e ir a trabajar con el bum-bum todavía retumbando, y con la imagen de princesas regalando gominolas. Con las sonrisas de felicidad, los colores disparándose a toda velocidad y la vergüenza evaporándose en el aire. Con esa efímera sensación de libertad que proporcionan los festivales.