Aunque Hergé reflejó lo que pensaban del Congo la mayoría de sus coetáneos, ya se habían publicado los primeros libros sobre los excesos del dominio europeo cuando escribió la aventura de su reportero, como Viaje al Congo, de André Gide, o Tierra de ébano, de Albert Londres, que denunciaban la situación en la que se hallaba la colonia. Entre 1895 y 1908, el país fue propiedad privada del rey belga Leopoldo II, que esquilmó indiscriminadamente sus recursos naturales e instauró un régimen de terror que llevó a la muerte a millones de personas. La situación mejoró algo, el monarca renunció a sus posesiones y Bélgica anexionó el Congo, pero la explotación continuó hasta 1960, año en que se declaró la independencia.