Esto que les voy a contar le pasa a cualquiera, hasta a los padres más listos. Tienes un hijo. Te matas a cuidarlo. Le insistes en que estudie. Haces los deberes con él. Cuando crece, tienes miedo de sus compañías. Antes no dormías, porque eran pequeños y se ponían enfermos. Ahora no duermes, porque salen y un temor no te deja. No sabes en qué vuelta del camino de tu hijo fue, pero se mete en la droga y termina por cometer un delito. Un atraco. Lo detienen y, por supuesto, como es un peligro, los policías lo llevan esposado y bien esposado. Lo bajan del furgón esposado y, si hay fotógrafos, pasa delante de ellos con las humillantes esposas a la vista. Total, es un delincuente común. Pero, ojo, viene la segunda parte. El que comete el delito es un personaje público, un cargo electo que es acusado de haber robado presuntamente dinero de todos o prevaricado, y resulta que los policías no deben esposarlo, pobre. Cómo va a ir esposado si siempre fue un prohombre. Con su traje. Cómo lo tratan tan mal, con sus pertenencias en bolsas de basura. Tenían que haberle dejado hacer las maletas Louis Vuitton. Qué policías más malos. A los chorizos se les puede esposar y a los políticos, que ellos y solo ellos decidieron ser personajes públicos con publicidad y propaganda en vallas gigantes en elecciones, hay que ocultarlos y meterlos por la puerta de atrás del juzgado. Somos más falsos que una camiseta del Madrid de color blaugrana.
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