El comedor de San Francisco se nutre desde hace 22 años de la solidaridad pontevedresa para atender a una media de ochenta personas diarias
27 jun 2010 . Actualizado a las 02:00 h.A Gonzalo Diéguez le gusta llamarlo «el milagro de San Antonio». En los 22 años que lleva abierto el comedor de San Francisco nunca jamás ha faltado comida para repartir entre las personas que diariamente acuden a la institución y que casi nunca han bajado de ochenta. «Ni cuando han venido ochenta, ni cuando han venido 120, que hemos tenido alguna vez -explica el superior del convento y coordinador del comedor-. Yo admiro a estas cocineras, cómo saben preparar todo para que la comida no falte nunca».
Son las diez y media de la mañana y Carmen y Loli, las citadas cocineras, ya están con las manos en la masa preparando en sendos pucheros la sopa y la verdura cocida con huevo y chorizo que servirán a partir de las 13 horas, la hora de apertura del comedor. La primera reconoce que es un trabajo que hacen «con mucho gusto», y destaca asimismo la labor de los voluntarios, que cada jornada se encargan de poner la mesa, servir los platos y recoger y limpiar para que todo quede listo para el día siguiente. «Son entre diez y doce -apunta Diéguez-. Siempre hay alguien y es una ayuda muy buena».
Precisamente fue el día de San Antonio, el 13 de junio, del año 1988 cuando abrió sus puertas este establecimiento. El padre Amado González pensó en el comedor como la forma más directa de destinar el dinero del Pan de los Pobres, que los franciscanos recogían en los cepillos de la iglesia. «En aquel momento -dice Diéguez- ellos vieron la necesidad de una instalación de este tipo, porque había mucha gente en las calles, entre ellos drogodependientes». Hoy, la imagen del santo sigue presidiendo un local con capacidad para 88 plazas, que solo cierra los domingos y festivos religiosos, por las obligaciones eclesiásticas de los cinco frailes que forman la comunidad franciscana en la ciudad del Lérez.
Diéguez lleva en Pontevedra tres años, los tres años que dura ya la crisis económica. Y reconoce que en estos últimos tiempos la recesión ha tenido como consecuencia la incorporación de usuarios que nunca pensaron que llegarían a comer de la beneficencia. «Hay un caso de una familia en la que el padre se quedó en paro y vienen él, la mujer y sus cuatro hijos -señala-. Para ellos es una ayuda fundamental». Sin embargo, la mayor parte de los que acuden siguen siendo personas que tienen pequeñas pensiones «que no les dan para comer y vienen todos los días», inmigrantes y transeúntes. «En los meses de marzo y abril sí se notó un incremento notable entre los usarios, diría que de un 20%, y llegamos a tener que hacer dos turnos, pero ahora, con el verano, mucha gente se va, y estamos en una media de 75 u 80 personas».
Ni falta alimento ni falta la solidaridad de los pontevedreses para que cada día, de lunes a sábado, a los usuarios del comedor no les falte un plato caliente. Antes de sentarse a la mesa, rezan y cantan al unísono.