Rocky, la noche antes de enfrentarse al campeón mundial de los pesos pesados, Apollo Creed, le dice a su chica «yo no soy nadie». Y tiene razón. Porque Rocky Balboa no es un individuo, es una idea, la idea de que un hombre con firmeza y esfuerzo puede lograr cualquier cosa que se proponga.
Este arquetipo se repite mil veces en la historia del cine y de la literatura (Charles Dickens) pero pocas veces es narrado con la nostalgia, sencillez y tono crepuscular de Rocky Balboa. Me atrevería a decir que si esta película la hubiera firmado Lars Von Trier, habría gafapastas alabando la franqueza y simplicidad de su puesta en escena, pero como la dirige Stallone, que es un cacho carne, pues no.
Por eso la gente no suele apreciar en su justa medida a Rocky, porque han visto el argumento del hombre humilde que lucha por sus sueños en infinitas ocasiones y no les parece original. Aquí está el problema: confundir originalidad con calidad. Especialmente en el mundo del arte sucede que cualquier quídam, enarbolando la bandera de la singularidad, le cuela ampulosas aberraciones al público en exposiciones como ARCO, mientras que alguien que nos relata una historia sencilla, sin pretenciosas confusiones, es denostado porque no es «original».
Mi intención no es únicamente exaltar a Rocky, si no a la llaneza, a lo puro. Huyamos de lo artificioso y del mercachifle. Leamos a Sófocles y aplaudamos a Sylvester Stallone. Muchos de mi generación nos hemos dado cuenta de que aprendimos más lecciones de vida en las películas de Rocky que en la facultad.