
Tras años en Madrid quiere darse a conocer en Galicia y expone en el Lustres Rivas
06 ene 2023 . Actualizado a las 05:00 h.Dicen que la sangre tira mucho. Este mantra, que puede no ser cierto para todo el mundo, desde luego lo es para María José González. Es una artista que viene de familia de artistas. Recuerda que, de pequeña, los regalos que más le gustaban eran aquellos que le servían para pintar. Rotuladores, pinceles, acuarelas...
Siendo muy joven dejó su Galicia natal y puso rumbo a Madrid. Pero nunca se olvidó de sus orígenes. «Por mucho que me fuera, mis raíces nunca han dejado de ser gallegas. Mi referencia siempre es Galicia», cuenta. De hecho, su actividad cultural siempre ha estado vinculada con esta tierra. Fue, entre otras cosas, presidenta de la Asociación de Pintores de Vigo.
El hilo conductor de su vida es el pincel. Ve en el arte un salvavidas, una vía de escape ante los muchos horrores del mundo. Hace unos años, le fue diagnosticado un terrible cáncer. Durante esta época increíblemente difícil, utilizó sus cuadros para plasmar lo que sentía. Tanto lo bueno como lo malo. Por eso, admite, las piezas de esos años están dominadas por los colores y los motivos oscuros: «Estos cuadros pertenecen a una etapa de mi vida en la que no había luz». Pero ahora ve la luz al final del túnel, y sus obras han recuperado la vivacidad del pasado.
«En los peores momentos me levantaba de la cama con la necesidad de pintar y dibujar. Es lo que mejor me permitía descubrirme a mí misma y escapar de los malos momentos. Una muleta permanente que sirve para todo», rememora.
Es especialista en una técnica conocida como stofado, que consiste en revestir los cuadros con una capa de pan de oro o pan de plata.
Aunque su principal actividad profesional ha sido el interiorismo, nunca abandonó el pincel. Y ahora, tras años de lucha incansable contra la enfermedad, por fin parece que el sol se asoma: «Mis cuadros están empezando a tener más luz porque tengo más esperanza».
Vuelta a los orígenes
Su mayor referente, apunta, es Gustav Klimt. Un vistazo rápido a su obra basta para notarlo. Esos mismos destellos y ornamentos con los que el vienés hacía su magia recuerdan de forma lejana a los panes de oro y plata que coronan los paisajes de la obra de María José González. Atesora en la memoria el momento en el que vio por primera vez El beso, en la austríaca galería Belvedere. «Al ver aquella obra delante de mí, tuve la sensación de que algo me absorbía. De que me quedaba completamente sola en aquel cuarto lleno de gente», relata. Y es que son muchas las almas perdidas que la pintura ha rescatado del naufragio.
Ahora, con la distancia y la sabiduría que confiere la madurez, cree que es el momento de darse a conocer en Galicia. Así ha llegado a Ribeira. El Lustres Rivas exhibe hasta el 28 de enero una exposición integrada por una veintena de sus mejores piezas bajo el nombre Solpor na ría. En ella, González ofrece su particular mirada a las tierras de las que proviene, manteniendo siempre su característico ojo preciosista y taciturno que hace brotar sentimientos de añoranza incluso en aquellos que no son oriundos de la zona.
Son muchos los retos que le quedan por conquistar. De momento, va a seguir pintando y dejando constancia de todo lo que lleva dentro, no solo porque es una forma efectiva de alejar a los malos espíritus, sino porque tiene cosas que decir y que representar. María José González, desde su mundo particular de tintes impresionistas y paisajes creados con ojo vidrioso, exhorta a todo aquel que se toma el tiempo de mirar a encontrarse en lugares comunes. Porque, se venga de donde se venga, los sentimientos y las emociones universales siempre son una forma de llegar a la mente y al corazón.
Su difícil historia ha sido un motor. Algo que ha hecho brotar los más elevados instintos. Entre pinceladas, encontró las fuerzas renovadas que necesitaba para seguir adelante. En su obra, conviven momentos plasmados con pigmento. Cada uno es un recuerdo, una madrugada, unos dolores, un lugar donde se sintió en casa. A través de todas estas perlas que componen el coro de su obra, todos los ribeirenses podrán ahora entender un poco mejor todo lo que ella vivió.