Desde comienzos del siglo XX hasta la actualidad, la ciudad presenta un amplio historial de asesinatos. Algunos siguen todavía hoy sin resolver
07 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Desde el crimen de la calle de San Andrés en 1900 hasta el producido hace días en el Agra del Orzán, nuestra ciudad presenta un amplio historial que recordar. Curiosamente, el supuesto autor del primero de ellos, Agustín Seijas, fue absuelto por falta de pruebas. Las víctimas habían sido el mozo del almacén del señor Peña y su esposa Melchora. En 1906, y tras una larga huelga de la construcción, fue apuñalado en la calle Ferrol Miguel Muñoz, dueño de una fábrica de fundición. Dos años después, fue asesinado en el Campo de la Leña (hoy plaza de España), el practicante municipal Ramón Guitián por el hombre que solía hacer sus sustituciones. La condena a muerte le fue condonada por la de perpetua. En 1909 tuvo lugar el crimen de la Alemana, la joven Consuelo Bregua, muerta en su casa a manos de su novio José Munz. En el juicio, el asesino fue defendido por Casares Quiroga, que logró una pena mínima. Por un churro Un crimen que convulsionó la ciudad fue el del barrio de la Gaiteira, en 1916, en el que resultó muerto de un balazo el joven José López Rivas, Golfín , siendo su autor el vendedor ambulante José Iglesias. El motivo era que hace días el joven se había apoderado de un churro que aquel llevaba y no se lo pagó. No menos lamentable fue el crimen de Monelos, en 1920, donde fue degollado el tabernero Manuel Barral, tras una disputa por una partida de brisca con el carabinero retirado Manuel Suárez. Poco después de la proclamación de la República, fue asesinada en la calle de los Olmos la viuda Juana Arijón, propietaria de una tienda de quincallería. Cerca de allí, en la Galera, se produjo, en 1945, el asesinato de Rosario Bañobre, en su domicilio, a manos del joven Antonio Prego, de 17 años, ayudado por su hermano José, de 16. El móvil fue el robo de un reloj de oro y 28.000 pesetas. Gran impacto, en el verano de 1948 fue el llamado crimen de Arillo, en el que José García Peña, Jalisco , dio muerte a su mujer María Docampo (ex secretaria de Castelao en Nueva York), a su cuñada Encarnación y a su suegra María Ramos. Tras 25 años de cárcel, Jalisco volvería a matar, en Canarias, a su nueva esposa, tras lo que se suicidó. En el año anterior se produjo un crimen en el puerto coruñés, donde el telegrafista del vapor Eolo , Eduardo Muñiz, mató al alumno de Náutica Carlos Aransay, lo metió en un saco y lo tiró al mar atado con un peso. Sería condenado a muerte por un consejo de guerra y ejecutado. Misterioso fue, en 1955, el crimen de Riazor, al aparecer en la playa el cadáver de un hombre desconocido, deteniéndose poco después, como culpables, al joven gitano José Basincovich y al soldado de aviación Francisco Quintero. El Supremo anuló la condena por la poca solidez de las pruebas. Ya en 1963, el taxista coruñés Antonio Verdura, de 32 años, fue asesinado por un joven marinero, José Ramón Santiago, que había requerido su servicio en Cuatro Caminos. En 1969 llegó a puerto el pesquero Rosa Cudillero , con el cadáver del patrón de pesca Romualdo Chans, asesinado por el patrón de costa. En el verano de 1976, José Santos Lado, supuesto homosexual, mató en el parque de Santa Margarita a un joven, García Casal, en un ataque de celos. En el barrio chino coruñés fue muerta a puñaladas la prostituta Carmen Freire, siendo el autor un joven soldador de 21 años, Fernando Pasín. También en el barrio chino, sería asesinado a puñaladas, en 1983, el joven José Allo. Entre 1987 y 1991 se produjeron catorce asesinatos en A Coruña. El primero fue el de la joven Cristina Ares, que apareció en unos matorrales cerca del puente del Pasaje con el cráneo destrozado. En septiembre del 88, en un mesón de General Sanjurjo, un ratero que entró a robar mató a un policía que lo sorprendió, y en diciembre del 89 se encontró el cuerpo de Manuela Gil Ábalo en el maletero de un coche calcinado cerca del pazo de Mariñán. Había desaparecido un mes antes. Murió en el hospital, en 1990, el joven José Luis Casal, después de recibir una paliza con un bate de béisbol. El asesino dijo que quería «darle un escarmiento».