Café con hielo en la plaza de San Pablo

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

08 jun 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Es una verdad empíricamente demostrable que el verano empieza cuando se pide el primer café con hielo en una terracita. Pequeña y sin alardes, a poder ser, con algo de sombra, que llevo muy mal el calor. Café solo y con hielo, da igual que acabe como aguachirle y no sepa a nada, lo que importa es ese primer sorbo que sabe a vacaciones y al teléfono guardado en el fondo del bolso. Hay quien tomará café con hielo todo el año. Pero somos animales de costumbres y ha tenido que salir el sol de verdad (o al menos con cierta promesa de quedarse) para pedir el primero.

Cayó en la plaza de San Pablo, a la sombra de un toldo. Con la única compañía de un libro del argentino Ernesto Mallo, de abuela coruñesa, por cierto, que pasó por aquí hace un par de semanas para presentar su última novela, La conspiración de los mediocres. «Argentina no cambia. Está loca», me contó. La negra historia del Perro Lascano antes de ser comisario, antes de la dictadura de Videla, tan oscura, tan horrible, choca con este sol de justicia de primeros de junio y las risas que llegan desde dentro de la cafetería. Se oye de lejos un telediario y una conversación robada en la mesa de al lado. Y la ciudad desaparece, solo queda el café aguado, Argentina y un nudo en la garganta cuando cierro el libro.

Menos mal que la vida estalla cuando sale el sol. En la plaza suenan los botes de un balón de baloncesto, un niño baja a mil por hora (eso pensará él, con su cara de velocidad) en un patinete, corren tres perros minúsculos debajo de los árboles y alguien pregunta por una escuela de dibujo que no conozco. Huele a bar y a verano, y no se mueve una hoja.

La plaza se inundó este invierno. Con un charco como la fosa de las Marianas en el medio y medio de las losetas vencidas reflejando las farolas tras una noche de tromba de agua. Con esa valla como de Bronx de andar por casa, todo el año los niños gritan «señora, ¿nos pasa la pelota?» cada vez que se pasan de frenada con el tiro y el balón se cuela por el hueco donde algún día hubo una red. La lluvia parece muy lejana hoy, aunque volverá cuando menos la esperemos. Cuando menos la espere la plaza, ¿volverá a encharcarse el próximo invierno o habrá algo más que una limpieza de sumideros?

Con el segundo café de la tarde se levanta algo de viento. Abriría alguien las puertas de la ciudad, que hay corriente. En unos minutos ya no habrá quien aguante en las terrazas, y el polvillo del jardín se empieza a colar por todas partes. Si supieran en la cafetería lo que vale en realidad el montoncito de hielos y la taza de café solo que me han servido, no llegarían dos monedas para pagar este sabor a verano.