El «mazadero» de Baroke

Javier Becerra
Javier Becerra CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

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Parte de esa ilusión de ser mayor pasaba por acceder con alguien a aquel sitio penumbroso situado en la parte superior de la pista grande

28 oct 2022 . Actualizado a las 16:02 h.

Justo después de pasar por el Moby Dick, muchos de los radiantes jóvenes de los años noventa que frecuentaban Sada terminaban en Baroke, aquella discoteca en la que confluía una buena parte de la chavalada de la comarca coruñesa los sábados. Allí había cosas muy particulares. Las dos pistas, los concursos de break dance, los émulos de Will Smith, las chicas con mini shorts tipo Penélope Cruz en La quinta marcha y un montón de adolescentes con las hormonas revolucionadas jugando a ser adultos. Parte de esa ilusión de ser mayor pasaba por acceder con alguien a aquel sitio penumbroso situado en la parte superior de la pista grande. Se conocía popularmente como el mazadero y básicamente se empleaba para... ejem, iba a decir besarse, pero yo creo que los verbos adecuados son morrear y magrear. ¿O no?

Aquella bizarra y un tanto sórdida costumbre juvenil se hacía, insistimos, en pareja. Quien subía aquellas escaleras no iba a charlar. Allí, una vez sentados en esos sofás de dos plazas que tenían otro igual enfrente, se procedía a la gimnasia lingual y la conquista de centímetros de cuerpo hasta cansarse. A veces, se interrumpía bruscamente. Tanto insistir en llevar la mano más allá que el idilio se cortaba de cuajo, quedando el donjuán tirado en una situación totalmente ridícula. A veces, cuando había confianza, iban dos parejas conocidas para evitar tener unos desconocidos enfrente. Otras veces acudían las llamadas escopetas. Amigos y amigas que no querían dejar a la persona colgada o iban de vigilancia. Y ojo a quien abriese un ojo en faena, que los besos se daban con ellos cerrados. Uno no lo hizo. Le preguntaron: «¿Oye, tú que miras?». Y ya se pueden imaginar cómo terminó la historia.