Puerta de embarque

Antía Díaz Leal
Antía Díaz Leal CRÓNICAS CORUÑESAS

A CORUÑA

BENITO ORDOÑEZ

Al final de la T4, camino ya de Guadalajara, está la puerta de embarque que indica nuestro vuelo de vuelta

12 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Una confirma que vive en la esquina del mundo cuando su puerta de embarque es la última en Barajas. Al final de la T4, camino ya de Guadalajara, está la puerta de embarque que indica nuestro vuelo de vuelta, y que está casi al lado de aquella por la que llegamos hace un par de días. La centralidad, para que no olvidemos nuestro origen, nos sitúa en la periferia. Seguro que hay una explicación práctica, técnica, para la ubicación de los vuelos que llegan de Alvedro. Pero resulta mucho más poético pensar que llegamos al final de la terminal porque estamos al final de lo que un día fue el mundo conocido. Si Barajas tiene una Fisterra, sin duda es esa puerta de embarque al fondo a la derecha.

Ser periférico en un aeropuerto tan grande tiene sus ventajas: antes de encontrar la salida, has podido desentumecer las piernas sin problemas. Puedes avanzar en el objetivo diario de pasos, o jugar a adivina a dónde va ese avión con dos docenas de puertas de embarque. Cosa que nunca se valora suficiente cuando viajas con retacos y ya no se te ocurre nada más para entretenerlos.

Somos periféricos en esta ciudad que mira al Atlántico desde un faro en el que algún romano, un día, se imaginaría que en el borde del mundo, esa línea de plata en el horizonte, habitaban monstruos aterradores. Otros trazarían después las vías que nos unen con el kilómetro cero. En segundo de bachillerato estudian el desarrollo del ferrocarril en España y en los mapas de principios del siglo XX están los polvos, los lodos, del chachachá del tren que nos lleva a Chamartín. La periferia es un privilegio, en realidad: como sabes que no eres el centro del universo, puedes tomarte todo con más calma. La lástima es que nos quieran hacer más periféricos todavía, hasta en Barajas