Un alquimista sin término medio

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez REDACCIÓN

DEPORTES

El último chico malo cuelga las botas después de tantas contradicciones entre su fútbol y su personalidad que deja la sensación de haber sido demasiado brasileño

27 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Practicó un fútbol que roza la excomunión. Sin embargo, en la biografía del brasileño Djalminha (Santos, Sâo Paulo, 1970), el fútbol ha sido sólo una excusa. Su excusa. El que fuera ídolo de la hinchada deportivista desde el año 1997 al pasado anunció su retirada, aparcando para el futuro, junto a las botas y la pelota, la justificación a su comportamiento díscolo, irreverente, polémico e incluso pendenciero. Djalminha sólo se ha sometido a la vida loca, dentro y fuera del campo. El resultado ha sido un futbolista extraordinario como pocos, idolatrado como muchos y criticado como ninguno, sólo neutralizado por sí mismo. Hasta el punto de que si Djalma no se convirtió en el mejor del mundo fue porque él mismo se encargó de ello. Asimismo, el paulista se desquitaba sobre el pasto de cada revés que le asestaba la vida, como las bofetadas que recibió del Deportivo y de Hacienda. Así funcionó durante los dieciséis años de su carrera profesional. Incluso antes, desde su acomodada niñez. Porque ahora, los chavales como Ronaldinho, o los bebés como Robinho son como Djalminha, como antes el ex deportivista fue como Garrincha. A Mané lo tuvo cerca, tanto como a Pelé. Porque Djalma era aquel bom garoto que traía de cabeza a la señora Miriam bromeando incansablemente en su casa con los mejores futbolistas del mundo, buenos amigos de su padre, el internacional brasileño Djalma Dias (defensa del Palmeiras, Santos y Botafogo) y de su tío Carlos Alberto Torres, capitán de la canarinha que barrió en el Mundial de México 70. Con lo que intentaba imitar de ellos y lo que practicaba descaradamente en el fútbol sala (donde actuaba bajo el seudónimo de Tostâo) con el Sâo Cristovâo, Grajaú, Bradesco, Fluminense y Vasco da Gama, se ganó una plaza en el Flamengo. Allí demostró que había mamado jogo bonito . Esta fue su vía para sacudirse el racismo y para convertirse en un pelotero superdotado técnicamente, con una lectura del partido que le permitía decidir entre un regate (un desborde garantizado) y una asistencia de gol. Su insultante superioridad sobre el mundo era patente hasta con el balón anclado al suelo. Los lanzamientos de falta sólo eran comparables a sus ralentizados penaltis a lo Panenka, que aprendió de Vialli. Futbolísticamente, Djalminha siempre estuvo bien acompañado. Amigos de su infancia son Luizâo y Marcelinho Carioca. En su debut con el Fla, Bebeto. Tarde o temprano tenía que acabar en el Deportivo. Pero antes, abandonó el Flamengo por una riña marca de la casa con Renato Gaúcho. Fue el rey en un Guaraní mediocre y probó fortuna en Japón. Seis meses le bastaron para comprobar que nunca se adaptaría. El Palmeiras lo repatrió y junto a Cafú, Júnior, Flavio Conceiçâo, Rivaldo, Luizâo y Müller lo ganó todo y formó un rombo mágico que el Deportivo quiso trasladar a Riazor. Llegó a Europa con una fuerte disciplina de trabajo (de Telé Santana aprendió a repetir acciones hasta perfeccionarlas, como ahora hace Robinho) y amplios conocimientos tácticos (fruto de su etapa con Luxemburgo). El rombo duró un suspiro (rivaldazo mediante) y Djalma tuvo que apechugar con el peso del Deportivo. Le sobró liderazgo y le faltó comprensión. Contradictorio De su etapa coruñesa se recuerdan sus pases de pecho, sus asistencias a lo Laudrup, su lambretta fruto de la devoción por Jason Williams, un tipo capaz de dar pases con el codo en la NBA (Deportivo-Real Madrid, 5-2 en febrero del año 2000) y un quiebro-gol antológico (Dépor-Celta, 1-0 en noviembre del mismo año). Pero sobre todo, su expulsión ante el Arsenal (Highbury, en la UEFA. También año 2000), la roja contra el Zaragoza, meses después y con la Liga en juego. Y su cabezazo a Irureta tras un quítame allá un penalti en un entrenamiento. Fue el comienzo del fin. Djalminha pudo superar una bronca junto a Edmundo y su repercusión en la grada, que se le echó encima. Pero no logró salvar al mejor Valerón que se recuerda, un exilio en Austria y el sentimiento de traición por parte del club que derivó en un litigio por cuestiones fiscales y un embargo. Todo acabó con Djalma abatido anímicamente en el momento en que luchaba por recuperarse antes de que la decadencia le diese la puntilla. El retiro a México fue una post data desesperada antes de colgar las botas. El ocho lo sufrió en silencio, como del mismo modo conserva la amistad de Fran y del Turu Flores, el compañerismo de Mauro Silva y la solidaridad compartida con César Sampaio. Djalma forma parte de una clase de futbolistas que los entrenadores no piden para sus equipos (por considerarlos elementos desagregadores) pero que justifican el pago de una entrada a un estadio. Djalminha se sintió incomprendido por el técnico, maltratado por los árbitros y provocado por Mostovoi, Albelda y Víctor, ganó muchos partidos y perdió algún otro. Incluso fue demasiado brasileño hasta para su país. Catorce partidos con la verdeamarela es un pobre bagaje como internacional. Hace pocos días, en la conferencia con la que daba cerrojazo a su carrera, Djalma hablaba de igual a igual con el dios del balón: «Es hora de descansar, fue una decisión bien pensada. Espero haber dejado una semilla plantada en el fútbol irreverente, de técnica, de calidad, como Ronaldinho, Robinho y otros».