En defensa de los estudiantes que estudian
EDUCACIÓN

La cosificación a la que hemos llegado, el estudio de «una carrera a la carrera», la búsqueda desenfrenada de títulos, diplomas, papeles, en vez de conocimientos y cómo aplicarlos, debería llegar a su fin. En la educación no hay vendedores ni clientes de ideas. La educación es un servicio a la comunidad, y esta última debe contribuir a ella con impuestos y aportaciones voluntarias, para que las próximas generaciones puedan acceder a una educación sin fronteras. Cualquiera que sea el método que utilicemos en el proceso de enseñanza-aprendizaje, la estrategia debería estar en el marco de «ayudar a ser», es decir, ayudar a no sentirse inerme ante la responsabilidad de actuar sobre el mundo y sobre su propio destino, sobre el destino del país que lo forma, para que luego, él, con su aporte creador, ayude a transformarlo.
No hay límites a la perfección a la que el ser humano es capaz de llegar. Solo hay obstáculos y nada hay tan paralizante como la frustración. Nada puede ser más motivante que la experiencia del logro de aprender a enfrentarse a la frustración y transformarla en una experiencia positiva. Es este uno de los más bellos y difíciles objetivos de la actividad de aprendizaje del estudiante. Por ello, conocer los problemas que golpean a nuestra juventud es el primer paso para contrarrestar sus destructores efectos: es un imperativo para ayudar a la plena realización humana.
Una de las mayores fuentes de desasosiego en la vida es la convicción de no haber llegado hasta donde el talento hubiera permitido. Estoy convencido de que en la ética del profesor debe estar muy clara la norma de tratar de hacer el mejor uso posible del talento que se le entrega. Impedir la consumación de la necesidad humana de conocimiento y de logro es tan destructor como forzar la actividad intelectual más allá de los límites de la resistencia.
Educar no es informar, es arriesgarse a aprender. Es comprender al joven con sus problemas, con su entusiasmo, con sus dudas y sus angustias. Es estudiar el medio en que se mueve, las ideas que constituyen el espíritu de los tiempos, de los mecanismos que ayudan a las personas a la plena realización de sus facultades intelectuales, del mundo del trabajo en que se desarrollará su vida, de las teorías y de los hallazgos científicos que modifican permanentemente la visión del mundo. También es el estudio del futuro en forma sistemática —puesto que toda educación es una imagen del futuro— de los movimientos artísticos, alrededor de los cuales se congrega la juventud en búsqueda de expansión humanística. Es contribuir al desarrollo de su inteligencia emocional y a la convivencia social.
Pero hemos convertido la función docente universitaria en una mera especialización de una rama del conocimiento sin la formación psicológica, social, didáctica y de tecnología educativa que requiere un profesor. Para enseñar hay que aprender esa función profesional y en una buena mayoría se improvisa irresponsablemente la profesión docente en las universidades. No podemos confundir la profesión del investigador con la del profesor, aunque ambas puedan ser parte del rol de una misma persona. La transmisión de información es una cómoda actitud ante la situación del aprendizaje que no corresponde a la profesión docente universitaria, reforzada horrorosamente por los «apuntes imperecederos».
El profesor, además de ser un excelente profesional en su área de especialización, tiene que transformarse en un promotor y cultivador del talento que se pone bajo su responsabilidad. Se debe hacer ver también, a las estructuras de gobierno y administrativas, que parte de la problemática estudiantil se genera del comportamiento, a veces arbitrario, de los que toman decisiones; que la comunicación previa al conflicto potencial reduce la distensión y contribuye al clima de consenso y de creación. Por todo ello, los asuntos estudiantiles se analizan en una acción concertada entre autoridades, profesores, personal administrativo y profesionales de la psicología y de la orientación educativa y áreas afines.
Es una obligación de la educación; es un deber de la institución, es un derecho del estudiante. El papel decisivo de la universidad no solo está en aportar los conocimientos de la ciencia, la tecnología y las humanidades, sino en crear la actitud permanente en el estudiante y aun en el profesor, de que el aprendizaje no es terminal, de que la misión de la universidad es preparar al ser humano para que después de salir de ella siga aprendiendo. Es «aprender a aprender», ciclo que no termina ni siquiera con la muerte, porque aun esta permite aprender a los que siguen viviendo. La mayor parte del conocimiento de la humanidad está entre los muertos.