Con Pujol comienza el finiquito del régimen político del 78

Manuel Campo Vidal

ESPAÑA

28 sep 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Jordi Pujol no solo fue presidente de Cataluña durante 23 años y el fundador de Convergència, partido de gobierno por excelencia. Pujol fue coautor de la Constitución de 1978, por delegación en Miquel Roca Junyent, además de un referente de España en el mundo. Recuerden, entre otros, el premio Carlomagno, que solo recibió otro español tan europeísta como él, Felipe González. Roca y otros seis fueron los escribanos, pero la Carta Magna era un pacto entre Suárez, González, Fraga, que ayudó a su redacción, y Pujol. Y el cardenal Tarancón, suele añadir Alfonso Guerra. Pactaron los grandes líderes de las cuatro grandes corrientes políticas de España, con el apoyo solo tácito del nacionalismo vasco.

Por eso, la demolición del referente Pujol, que comenzó con el comunicado autoinculpatorio del 25 de julio, del que no se salió ni un milímetro el pasado viernes en el Parlamento catalán, equivale al primer acto de finiquito del régimen de 1978, como sostiene Ada Colau. Nadie le creyó, ni siquiera los diputados de Convergència, demudados pero obligados a darle amparo. El misil que Pujol lanzó con su comunicado no solo dio en la línea de flotación del catalanismo -«ha sido como un torpedo», admite el consejero Santi Vila, representante moderado del Gobierno de Artur Mas- sino que puso en cuestión el régimen que ha tenido la inmensa bondad de garantizar la convivencia entre los españoles después de un siglo largo de dictaduras, dictablandas, repúblicas y una cruenta guerra civil.

Pero al igual que esos formidables edificios emblemáticos y modernos en su construcción, el régimen democrático necesita una profunda rehabilitación casi cuarenta años después. Dos graves averías han afectado a su estructura: el impacto de la crisis económica y la corrupción. El viaje de una parte de las clases medias a la pobreza, y la insoportable tasa de paro que obliga al exilio económico de miles de jóvenes bien formados, ha alterado profundamente la estabilidad política tradicional. El fenómeno de Podemos y el que viene de Ganemos -Guanyem en Barcelona liderado por Ada Colau, la exportavoz de la Plataforma Antidesahucios- no ha hecho mas que comenzar. Explotará en toda España en las elecciones municipales de mayo del 2015. Además, el hartazgo por la corrupción en la financiación de los partidos y por el enriquecimiento de algunos políticos y familiares se hace insoportable para la ciudadanía. Sucede en toda España y hay una larga lista de corruptos por desenmascarar.

Pujol no convenció el viernes a nadie, pero su caso es una fotografía de la parte oscura de un régimen, el de 1978, que aun así conviene conservar. Pero rehabilitándolo. Las alternativas de demolición que se ofrecen -república presidida por cualquiera con menor preparación que el rey Felipe VI, más secesión de Cataluña, y con el País Vasco ahora a la cola- son opciones dramáticas desechables hoy por hoy. Por eso hay que rehabilitar sin tardanza.

«Le pido a Mas sensatez, y a Rajoy, valentía», proclama el líder socialista Pedro Sánchez ante el desafío soberanista catalán, que el presidente del Gobierno quiere contener en el ámbito jurídico y los independentistas pretenden desbordar en la calle el 9-N. Por eso, diga lo que diga el Tribunal Constitucional, seguirán en campaña. El objetivo inmediato es una fotografía conflictiva que ofrecer al mundo el día del frustrado referendo para lograr la internacionalización del conflicto. El riesgo es que esa imagen ilustre la página de sucesos de los periódicos y no solo la sección política.

La rehabilitación será de estilo federalista, como propone el PSOE, o solo remozamiento de fachada, como parece cada vez más dispuesto a aceptar el PP. Pero no acometer la obra supone riesgo de hundimiento. Se buscan cuatro o cinco líderes que, emulando el pacto de Suárez, González, Fraga y Pujol, emprendan la obra. De momento, solo Pedro Sánchez se ofrece. Si Rajoy no se decide, alguien en el PP deberá hacerlo y ya sabemos desde esta semana que no será Ruiz-Gallardón. La cosa quedaría entre dos: él y ella. Apuesten.