
Los republicanos catalanes están felices sabiendo que el despacho presidencial del Palau, en desuso desde que Puigdemont hizo las maletas, puede volver a ser utilizado. Está por ver que Pere Aragonès, que tanto peleó por deshacerse de la tutela de Waterloo, se atreva. Él prefiere el amparo de Junqueras y llamar a la cárcel de Lledoners para hablar de la fantasía secesionista.
El nieto de aquel alcalde franquista de Pineda de Mar que amasó su fortuna como hostelero y empresario textil al calor del régimen entrará en el libro Guinness de los récords por ser el presidente catalán más joven, 38 años; el que menos votos obtuvo en unas elecciones, 603.000; por haber necesitado tres plenos de investidura y haber concurrido bajo el paraguas de un partido, Esquerra Republicana de Catalunya, que nunca ganó los comicios a la Generalitat desde 1980 por mucho que haya participado en sus Gobiernos.
Aragonès es diputado desde los 24 años y, además de con el placer de los fogones de la cocina, disfruta con las causas difíciles. Algunos le otorgan fama de gestor. Cuando Rajoy intervino la Generalitat, se libró de ser cesado como secretario de Economía. Colaboró «activamente» en la aplicación del 155, justificó entonces el secretario de Estado de Administraciones Territoriales, Roberto Bermúdez de Castro. Negoció con los comunes los primeros presupuestos que la Generalitat aprobó desde el 2017, y, lo más relevante, logró que Junts lo haga presidente.