Cuestión de amistades

Jose A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

05 nov 2023 . Actualizado a las 05:00 h.

Un conocido con el que tengo un trato esporádico, cada vez que lo encuentro me habla de los muchos amigos que tiene, todos ellos muy importantes. Gente de la política, de la banca, de los altos negocios, etc. Y eso sí, como es un señor muy servicial, siempre añade que si necesito algo, no dude en decírselo: alguno podría ayudar. Tiene esta manía ya desde hace años. Debe de sentirse más importante cuantos más amigos enumere. Yo le dejé caer varias veces que la importancia de la persona radica en sus obras y en su comportamiento; que la valía de uno nunca se medirá por el escalafón social o por el prestigio profesional que hayan alcanzado sus amigos. Y que lo de ser «importante» es un concepto muy relativo que no hay que valorar con criterios materiales. Pero no se da por enterado.

El otro día, cuando volvió con esa historia, le hablé de Faulkner. Le conté que este escritor americano, Premio Nobel de literatura, era un tipo muy sencillo, que vivió tranquilamente en su rancho del sur de Estados Unidos, entre caballos y libros, escribiendo unas magníficas novelas, sin necesidad de alardes sociales ni de amistades famosas. Un tipo especial, muy auténtico. Eran los tiempos del Presidente John Kennedy, que tenía por costumbre organizar en la Casa Blanca, de vez en cuando, cenas de gala con gente famosa, especialmente del mundo de la cultura: Arthur Miller, Frank Sinatra, Saúl Bellow, gente así. Faulkner, por el prestigio de su premio Nobel, también fue invitado por el Presidente a una de esas cenas. Y el escritor, consecuente con su forma de vivir y cortés como buen sureño, le contestó a vuelta de correo: «Señor Presidente: yo no soy más que un granjero y no tengo ropa apropiada para ese evento. Ahora bien, si usted tiene algún interés en cenar conmigo, yo con mucho gusto lo invito a mi casa de Rowan Oak, Mississipi». Me escuchó con mucha atención, pero uno hubo reflexión alguna sobre el mensaje que encerraba la anécdota, pues su respuesta fue tajante y rotunda. «Ese tal Faulkner era un imbécil. Mira que rechazar una invitación del Presidente de EE.UU., rehusar a una cena de gala en la Casa Blanca, codearse con altas personalidades… ya me dirás adónde va un tipo así». Está claro que no entendió nada y que seguirá dándonos la tabarra con sus importantes amistades a quienes se paren a escucharlo.