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Durante más de cuarenta años, él y su mujer fueron piezas básicas del club
23 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Antes del fútbol, y durante muy poco tiempo, fue utillero en el equipo de Baloncesto que existía aquí por aquellos años, pero que duró poco. «E cando marchou Santiago, o utillero que había, quedei eu». En principio, su labor fue la de estar al servicio de los jugadores en todo lo que tuviera que ver con el vestuario y el calzado, «pero cando xogabamos en Santa Isabel -cuenta- estaba eu só e acababa facendo de todo».
De Santa Isabel guarda buenos recuerdos, pero sucios, en sentido literal: «O campo era unha lameira e os xogadores acababan perdidos. Maruja, a miña muller, que se ocupaba de lavar a roupa, tiña que frotala a man nun pilón porque a lama atascaba a lavadora», recuerda.
Por las venas de Jesús Barreiro Botana (O Pino, 1934) corre sangre blanquiazul. El que, hasta hace trece años, fue utillero del Compostela, llegó a la ciudad en 1965 y en la temporada 68-69, con el equipo en Regional, se puso a las órdenes del club. La organización al utillero es como el valor al soldado: se le supone. Y si algo ha sido Chuco en todos estos años es precisamente eso, un hombre organizado.
Eso cambió cuando se inauguró el Estadio Municipal de San Lázaro, «que tiña unha lavandería -dice orgulloso- que xa a querían en moitos campos de España».
Resultaría difícil, si no imposible, encontrar a algún jugador de la SD durante los años en los que Chuco estuvo en activo, que no hable bien del veterano utillero. Tanto lo querían que, cuando cobraban, solían dejarle magníficas propinas, «incluso algunha vez gañaba máis das propinas que do soldo», confiesa. Hay otra característica que las plantillas de los equipos valoran especialmente en el personal que está a su servicio: la discreción. «Hai que ver, escoitar e calar», dice Chuco, que siempre se ha aplicado la máxima de que lo que se habla en el vestuario, se queda en el vestuario. «Os xogadores tiñan comigo moitísima confianza. Estar no medio deles era o mellor, unha marabilla. É moi bonito que un xogador chegue ao campo e teña toda a súa roupiña ben posta, as botas... Quedaban contentos».
Lejos de lo que pudiera pensarse, el momento más feliz en la trayectoria de Barreiro no fue el ascenso a Primera División, sino a Segunda. «Nunca pensei que subiríamos -recuerda- foi unha cousa histórica». El utillero lo tiene claro: el sitio del Compostela está, precisamente, en la Segunda División. Y justifica su afirmación en el hecho de que en la ciudad no hay la afición suficiente para sustentar a todo un Primera.
En los cestones del equipaje que la S.D. Compostela ha paseado por España adelante no solo había pantalones, camisetas y botas. También decenas de anécdotas acumuladas en más de cuarenta años de servicio. Como aquella vez que viajaron a A Coruña para jugar con el Fabril y al entrenador Miguel Murueta, que era supersticioso hasta la exageración, se le puso en las narices que no le gustaba el color de los cordones de las botas de la plantilla y obligó a remover Roma con Santiago para que los cambiaran. Y fue a Chuco al que le tocó hacer el movimiento. Eso sí, perdieron igual.