
El adiós esta semana de Shigeru Mizuki (nacido como Shigeru Mura, en Kohama, en 1922) es también la despedida a un mundo de detalles, de aristas, de historias más cotidianas del convulso Japón de mediados del siglo XX. El manga que luego ha llegado a Europa en los últimos cuarenta años no se puede entender sin este hombre de mirada plácida, de sonrisa contagiosa y de carácter irreductible. Posiblemente por el país y el momento que le tocó vivir y que resumió de forma suprema en NoNonBa, delicioso trabajo sobre una anciana criando a un pequeño (él mismo), enseñando tradiciones, traspasando creencias, legando bondades. Acercarse a Mizuki es hacerlo así a una vida apasionante que hizo transparente en su autobiografía en seis tomos. Magistral. También es aproximarse a las miserias del hombre. Por ejemplo, en Operación muerte, relato sin apasionamiento patriótico sobre la Segunda Guerra Mundial. O la pura fantasía en la serie Kitaro, algo gore. Trabajos cumbre de este mangaka a la sombra del maestro Tezuka. Obras que ha popularizado Astiberri, editorial vasca a la que se le debe mucho por el bum de la llamada novela gráfica en España, y que también ha logrado hacer pedagogía con el manga, mal llamado reducto friki.