
Justo cuando estaban mirando a los grandes recintos, Novedades Carminha puso fin a su exitosa trayectoria. Su cantante, Carlangas, es el primero en mover ficha con un elepé en solitario excitante, sorprendente y muy, pero que muy variado. Acaba de editarse y la semana que viene lo presentará en el FIV de Vilalba
21 abr 2023 . Actualizado a las 14:13 h.En el 2019 Novedades Carminha lograron que el verso aquel que decía «aunque te gusten Los Planetas como a todos los puretas, yo te quiero igual» marcase claramente la línea entre lo que era joven o no en el indie español. Ahora Carlangas acaba de dar un paso en solitario con el disco homónimo, publicado ayer a sus 35 años. Y debe enfrentarse al tópico del rock que decía «los grupos para jóvenes, los solistas para viejos». Dice que no se ve ahí. Para nada: «En los noventa eso podía tener sentido, pero cambió todo mucho. Precisamente, ahora casi no hay grupos. Casi todos son proyectos solitarios. No me siento un pureta», dice riéndose.
—El disco apela a un eclecticismo casi extremo. ¿Quería abrir al máximo su abanico de estilos?
—Hay temas que venían de atrás, que iban a estar en un hipotético disco nuevo de Novedades Carminha y otros que me fui encontrando por el camino. Para construir un proyecto como este, que quiero que se prolongue en el tiempo, era necesario hacer un disco de transición entre lo que era Novedades Carminha y lo que va a ser Carlangas. Puede ser un collage, una búsqueda de propuestas de lo que hay en mi cabeza. Quería que el disco fuera la fotografía de ese abanico de cosas que pasan en mi cabeza. Hay una clave, que es la canción Los dineros, que cuando la encontré por el camino dije: «Es por aquí». El futuro va a ser más homogéneo.
—Recuerdo un concierto de Novedades Carminha en el 2019 en A Coruña. Sonó muy punk-pop. Sin embargo, luego pinchó usted y aquello era «trap» a tope. ¿En aquel choque se estaba germinando algo?
—Creo que los artistas a la hora de proponer tenemos que ir por delante y ese es nuestro trabajo creativo. Era difícil hace cinco o seis años no sentirse atraído por una escena como la música urbana. A pesar de que lo veo todo desde la perspectiva del rock, porque soy un artista rock. Pero sí que me parece interesante conocer esas propuestas y absorber puntos en común que podamos tener, porque esa es la forma de evolucionar. A mí me pueden gustar mucho Led Zeppelin o Black Sabbath, pero el mundo no se acaba ahí. Tampoco en el hip-hop de los ochenta.
—¿Notó rechazo cuando se metió en ese tipo de sonidos?
—Bueno, con Novedades Carminha cada disco que sacábamos teníamos la sensación de que perdíamos un porcentaje de público, pero también que íbamos ganando mucho más. Creo que la capacidad de sorprender es muy positiva. En esta etapa como Carlangas empieza con Se acabó la broma, el más punki y pelado, una caja de ritmos y un bajo. Quise sacarla de primera. Yo vengo del punk. Si algo me quedó de eso es las ganas de sorprender, de molestar y atreverme con todo. Eso sigue ahí.
—En este paso adelante aparece Manu Chao. Si hablamos de eclecticismo bestial, él es el modelo definitivo. ¿Una fantasía?
—Sí. Es un regalito de la vida para empezar. Me gusta que lo interpretes así, porque para mí es un referente por ser un artista esponja, tanto en sus discos como Mano Negra como el Clandestino, que dio muchas vueltas en el radiocasete del coche en su día. Ahí hay una mezcla increíble de estilos. Del hip-hop al rock y de la música latina y a la de baile. Me siento muy identificado. Me gusta por el tipo de artista que es. Igual que The Clash, que son un grupo de referencia total y que, disco tras disco, propone cosas. Es un grupo muy inspirador en ese sentido. Me ocurre lo mismo con Damon Albarn, con Gorillaz. Ese es el tipo de artista que me gusta. Tener a Manu Chao es un lujo absoluto para mí.
—Ahí aparece la cumbia en un momento en el que el cambio de paradigma sopla a favor. ¿Una propuesta como la suya hoy está al alcance de cualquiera?
—Para alguien que nació en Santiago como yo la música latina es parte de nuestra cultura popular. Es decir, nosotros crecimos con las orquestas en las plazas del pueblo. Mi música tiene vocación popular. Es la vaselina que ayuda a liberarte de los problemas del día a día, que te hace reencontrar con algo más relajado que el día a día y nos permite ver con otras gafas el mundo. La cumbia es parte de mi cultura. Cuando iba a las fiestas del barrio sonaba cumbia. Ahora gobierna el planeta, pero yo la siento como propia. Y me encanta.
—En «Paseítos por Madrid» lanza una mirada irónica al hipsterismo y el moderneo.
—Llevo 17 años viviendo en Madrid. He vivido en el centro y en barrios populares. Ahora resido en Carabanchel. Madrid tiene muchas realidades dentro de la misma ciudad. En Paseítos por Madrid hablo de esa ansiedad de tener que estar, de no perderte ninguna, de conocer a todo el mundo, lo que llaman FOMO. Es un retrato del Madrid de Malasaña desde la ironía y la retranca. Me da un poco de pereza esa idea de estar de vuelta de todo, porque me sigue emocionando encontrarme con cosas nuevas y que no conozco.
—¿La retranca gallega es el mejor antídoto contra el moderneo superficial?
—Yo la uso mucho. Tengo muchos amigos ahí y conozco esa cultura. Hay una parte de reírse de uno mismo en las canciones. Lo he vivido y sé de lo que hablo. Igual que vivo otras cosas. La retranca es el arma definitiva para hablar de las cosas. Usarla para nosotros es muy fácil, pero es muy útil para hacer letras y hacerlo desde el buen rollo. No es una crítica a cuchillo, ni un apuñalamiento ni nada.
—En Carabanchel cambia el paisaje respecto a Malasaña. ¿También el musical?
—La rumba, que fue mainstream en los setenta con Los Chichos, Los Chunguitos, Manzanita y tal me emociona mucho. En mi barrio la gente habla así y escucha esa música. Bueno, la parroquia más mayor, porque también hay chavales haciendo rap en el parque. A mí todo eso me influye. Yo creo en la asociación de vecinos como el colectivo político definitivo.
—Pero Santiago sigue ahí. Aparece el Maycar, local legendario para los crápulas de la noche compostelana.
—Sí, el mítico Maycar. Es una canción que hice con Nuno, de Grande Amore. Necesitaba rodearme de amigos para dar ese paso y superar lo de Novedades Carminha. Nuno me ayudó mucho. El Maycar es una realidad que nos afecta, porque los dos venimos de esa noche de Santiago, de salir por ahí y acabar a las mil.
—¿Qué quiere decir con eso de «me puse violento de sentir tanta paz»?
—Es la penúltima canción que hice del disco, Cabeza loca. Ya tenía un montón de temas y mi chica me dijo que nos íbamos a un hotel al sur de Tenerife a pasar el principio de las Navidades. Necesitamos relajarnos. Los tres primeros días me lo pasé genial, pero luego me entró el nervio punki y decía: «El turismo este del relax me pone supernervioso». Cuando debería estar genial, se me estaba poniendo un mal cuerpo que me quería ir de allí cuanto antes.
—¿El punki adolescente que fue aprobará al artista que es ahora?
—Yo creo que sí. Vengo de The Clash, Mano Negra y Talking Heads. Otra cosa es que la destreza que yo tenía a los 17 años no me lo permitiese. Pero, sin duda, lo aprobaría y estaría orgulloso de la carrera que tendría. Yo cuando empezaba quería que la gente viniera al concierto a bailar. El mínimo común múltiplo sigue ahí, porque hoy sigo buscando lo mismo. Puedo usar un lenguaje u otro, pero lo que quiero es montar un ritual y que nos olvidemos de la mierda del día a día.