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Clara Queraltó: «Muy feministas, pero aún hay deseos que vemos incorrectos»

FUGAS

David Zorrakino / Europa Press

De una fanática del poder que tiene sobre quienes le miran y de un hombre 20 años mayor va su novela «Como un latido en un micrófono»

28 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En Como un latido en un micrófono, Clara Queraltó (Pla del Panadés, 1988) se encarga de demostrar que las cosas nunca son de una única manera. Que lo que uno ve, el otro lo percibe inevitablemente distinto. Que, si aquel entiende algo, este, si no lo contrario, nunca advertirá a exactitud lo mismo. A través de una estructura en acordeón, da cuerda a dos voces —en la primera mitad, a la de Gabriela y en la segunda, a la de Kim— para mostrarnos, hacia delante y hacia atrás, las diferentes caras de una historia que más que de amor es de obsesión —que diría la canción— centrifugada entre un 24 de junio y un 6 de noviembre. Les separan, entre otras muchas cosas, 20 años de diferencia.

­—El feminismo ha ampliado los márgenes del deseo, nos dice que podemos desear lo que queramos. ¿Pero son válidos todos los deseos?

—La literatura siempre ha sido para mí un espacio donde ir a buscar cuando no tengo algo claro, donde reflexionar cuando no sé qué pienso de determinados temas. Por eso quise plantear una relación con mucha diferencia de edad en la que fuese ella, que es la más joven, la que en teoría está en una situación de vulnerabilidad, la que realmente desea, busca, persigue incluso. Es una relación desequilibrada, fácilmente abusiva, pero esta chica tiene 18 años, puede votar, tiene clarísimo lo que quiere. ¿Le vamos a decir que su deseo es incorrecto, que no está bien? Sí, los feminismos nos han enseñado a ampliar los márgenes del deseo. Y somos muy feministas, pero seguimos creyendo que hay deseos correctos e incorrectos.

­—¿Cómo se cuenta una historia dos veces sin caer en la repetición, en el aburrimiento?

—Tenía claro que iba a llegar a un punto y que iba a dejarlo ahí, que sabiendo lo que había pasado pondría al personaje masculino a contar cómo había llegado hasta ese momento y ese lugar. Esta estructura, en la que uno va para adelante y otro va para atrás, me servía para dos cosas. Primero para explicar los personajes: a los 18 tienes prisa, todo lo que quieres que te pase aún tiene que pasar, corres por la vida con ganas, y sin embargo a los 39 todo es ya más pausado, tienes un pasado donde explicarte a ti mismo. Y, segundo, me servía para dosificar la información y que el lector la tuviera cuando yo quería. Porque en la parte de Kim hay cosas que se saben al final y eso me permitía jugar, provocar que el lector continuamente tenga que recolocar lo que piensa o lo que cree que piensa.

­—Gabriela se confiesa una fanática del poder que adquiere sobre quienes la miran. Sabe perfectamente lo que provoca en los demás y juega con ello. ¿Cómo es el deseo a los 18 años?

—Muy fuerte. Siempre lo es, pero es aproximadamente a los 18 cuando lo descubres, cuando descubres tu deseo y el que generas en los demás. Y esto puede enganchar mucho. Ella no para, insiste e insiste; no contempla para a hasta que le hagan caso. El deseo tiene mucho que ver con el ego, con la ausencia, con la insatisfacción. Y también es un poco también tramposo, porque no puedes construirte a través del deseo de los demás, pero lo hacemos, nos constituye.

­—¿Cree que es más potente desear o generar deseo?

—Creo que generar deseo en los demás. A veces, el gran deseo es precisamente sentirte deseada, sobre todo por aquellos que crees que nunca te van a mirar, que están muy por encima de ti. Eso es un poco lo que he querido contar, ese enaltecimiento físico e intelectual que te da que te desee alguien que tiene 20 años más que tú, que está en otra esfera vital.

—La historia se mueve constantemente en terreno de grises. ¿Cambió su escritura su opinión con respecto a algo?

—Pues la verdad es que me generó más dudas. Y eso es interesante. Creo que lo que yo opine sobre esta relación no es lo importante, y por eso he intentado mucho que no se intuyese, que el lector no sintiera que yo le estaba diciendo lo que tenía que pensar. Vuelvo a lo mismo: la literatura me parece un espacio que tiene que ir más allá, que justamente empieza donde falla la moral. Y quizá por eso nos permite empatizar un poco, entender un poco lo que hacen o piensan los que están más lejos de nosotros, de nuestra manera de hacer y de pensar. No solo la escritura me generó dudas, también hablar posteriormente sobre ello con gente distinta que ha leído la novela. Sucede una cosa muy generacional: la gente mayor ve aquí claramente una historia de amor y la defiende, y sin embargo los más jóvenes no, ven atracción y deseo, pero no amor. En los clubes de lectura incluso se pelean un poco [ríe]. Y la verdad es que es bonito que lo que has escrito genere opiniones tan distintas.