Final del viaje: Galicia

María Hermida
María Hermida VILAGARCÍA

GALICIA

A los 65 años dijo adiós a Argentina porque Galicia había atrapado a su hijo. Aunque allí estaba toda su vida, necesitaba «juntar los corazones».

30 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

Charlar con Gloria Cancela de Giráldez es como meterse de lleno en El hijo de la novia y sentir que la risa se intercala con el nudo en el estómago y, a veces, con las lágrimas. Ella combina sus ojos vidriosos con sonrisas tranquilizadoras y habla muy pausado: «Y qué vas a hacer, no puedes partir corazones. Así que coges las maletas y dejas todo lo que tienes, lo que quieres, y te vas», señala. Así empieza su odisea como inmigrante. En 1995, con una irrisoria jubilación en la mano, ella y su marido deciden cruzar el charco. La razón: «Juntar corazones», dice. Su único hijo, José Eduardo, había encontrado su sitio en Galicia. Durante unas vacaciones, se casó en tierras arousanas y nunca más quiso regresar a Buenos Aires. Visto esto, no quedó otra que decirle hasta luego al país del mate por bombilla y hacerse un hueco en la patria de sus antepasados, pues tanto Gloria como su esposo descienden de emigrantes gallegos. Antes de partir vendieron su casa con un sincero mensaje para el nuevo propietario: «En este departamento nunca hubo llantos, sólo se permitían las sonrisas». Al poco tiempo, Lavacolla los recibía. Por expreso deseo de Gloria Cancela, los familiares que la esperaban en Galicia no acudieron al aeropuerto hasta varias horas después. «Necesitaba pisar este suelo sin que nadie me abrazase de repente, aclimatarme yo sola y pensar que dejaba atrás el sitio donde tenía a la gente que me respetaba y me quería», dice. Poco después, la casa de Gloria tenía vistas a la ría de Arousa -reside en Vilagarcía- y sus paseos por la avenida 9 de Julio se cambiaron por caminatas hacia Carril o Vilaxoán. Aunque en ningún momento accede a comparar si vivía mejor allá o aquí -«y para qué voy a hacerlo», dice-, Argentina aparece en tres de cada cinco palabras de Gloria. De Buenos Aires cuenta cómo echa de menos sus gigantescas calles y los sábados recorriendo la ciudad con su hijo. «Nunca hice limpieza general un sábado, ese día era para mi hijo. Si había plata hacíamos la gran orgía y si no, cogíamos el colectivo y a recorrer la ciudad», afirma. Son pocas las palabras que le dedica a la dictadura argentina y los sucesivos golpes de estado que lleva en sus carnes. A lo sumo, reconoce que se despedía cada mañana de su esposo «por si era la última vez». A partir de ahí, corre un tupido velo y sentencia: «Ya pasó». Lo que sí recuerda y cuenta son los muchos números que tiene que hacer en España para subsistir con la jubilación argentina. El cambio monetario apenas les deja libres 300 euros y se ve obligada a privarse de una u otra cosa. Entre lo que más echa de menos está poder adquirir el periódico o coger un tren hacia Sevilla. Esto último, según cuenta, es una ilusión añeja: «¡Cuántas veces he soñado con cerrar los ojos y aparecer en Sevilla! Pero como están las cosas, el día que cierre los ojos supongo que apareceré en la tumba».