DAVID BERIAIN CRÓNICA Las protestas sociales se extienden por todo el país
17 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.a autopista General Paz divide Buenos Aires en dos partes: de un lado Capital Federal, con sus edificios modernos, sus funcionarios y su gobierno. Del otro el conurbano, obrero, pobre y conflictivo. A unos cuantos kilómetros hacia el sur de la General Paz está La Matanza, uno de los partidos en los que se divide el conurbano bonaerense. Cinturón que un día fue industrial, en La Matanza viven más de un millón de personas que sufren como ninguna la crisis económica que atraviesa Argentina. Son hijos del desempleo, de los cierres precipitados de las fábricas, del desamparo gubernamental y de una delincuencia que crece en cifras y en desprecio por la vida. Desde hace diez días La Matanza está en pie de guerra. Cerca de tres mil personas cortan la llamada ruta 3. Como en muchos otros puntos del país, en ocasiones hasta cien a la vez, lo hacen como única forma de que alguien oiga sus protestas. En La Matanza son unos trescientos metros de asfalto que se han convertido en núcleo de resistencia. Un paisaje de neumáticos quemados, barricadas y tiendas de campaña improvisadas con las que se protegen del frío y la humedad del Río de la Plata. Los piqueteros, como se conoce en Argentina a los que llevan a cabo este tipo de protestas, están allí para pedir que el gobierno cumpla lo prometido en noviembre del año pasado, cuando cortaron la carretera porque la situación social no daba para más. Promesas rotas El gobierno prometió entonces 10.000 mil pares de zapatillas, 2.000 becas de estudio, una inversión de dos millones de dólares en medicamentos y herramientas y cinco mil planes de empleo. Poco o nada de todo lo prometido llegó. Por eso ahora la gente ha llegado para quedarse. «Estamos jugados, de aquí no nos vamos sin lo que prometieron. Ya no tenemos nada que perder», repiten. Forman un ejército de desamparados dispuestos a resistir. A la hora de comer juntan lo que tienen y lo comparten en ollas populares. Comen guiso espeso de carne y pan. Muchos se quedan a dormir allí porque en su casa les han cortado la luz por falta de pago. Algunos viven tan lejos que se quedan por no volver a pie. En el bolsillo no tienen ni un peso (unas ciento ochenta pesetas) para pagar el autobús. Hoy la preocupación en La Matanza es que el gobierno no ordene su desalojo y venga la policía a hacer honor al nombre de esta zona del Gran Buenos Aires. La Matanza aún no está regada por la sangre de los rebeldes. Salta y Corrientes sí. Estas dos provincias del norte argentino han visto caer a varios de sus hijos a manos de una policía que reprime con balas de goma sólo hasta que se le acaban. Las que mataron a Francisco Escobar, a Mauro Ojeda y a Aníbal Verón no eran de goma. Aníbal cayó el 9 de noviembre del año pasado, durante las protestas por el cierre de la empresa de transportes Atahualpa en la provincia de Salta. Le echaron sin indemnización y debiéndole ocho meses de sueldo. Le dispararon desde apenas cinco metros. En la cara. Dejó cinco hijos y una mujer de 36 años. Cortes de carretera como el que hoy coloniza la vida de La Matanza, se extienden por todo el país. El mes pasado fueron Santiago del Estero y las otras provincias del noroeste. «Argentina vive una crisis terminal», sentenció ayer Carlos Ruckauf, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Lo dijo un poco porque está convencido de ello y otro poco por incordiar al presidente Fernando De la Rúa, su oponente en esa carrera presidencial continua que la que vive inmersa Argetina. Siempre de espaldas a la realidad.