La nueva plaza de Robert Schuman, en Bruselas, despierta críticas por los cambios en su planificación, los sobrecostes y la falta de sombra
21 sep 2026 . Actualizado a las 12:27 h.Hay plazas, como la plaza de Mayo en Buenos Aires o la Maidán de Kiev, que son el corazón de la democracia. La Unión Europea está a punto de inaugurar la suya en Bruselas: la plaza de Robert Schuman, sede de la Comisión Europea, el Consejo y el Servicio de Acción Exterior, así como de una estación de tren y metro. Sin embargo, años de obras, sobrecostes y cambios forzados han hecho de ella «la sartén más grande del mundo».
Hasta el 2023, este espacio era una rotonda que acogía eventos y manifestaciones, pero no contaba con el aura que debería tener el corazón de Europa. Durante años se lanzaron concursos para convertirla en un icono de la ciudad, como la propuesta del 2011 para construir allí un anfiteatro como foro público. Finalmente, en el 2017 fue escogido el proyecto final.
Obra conjunta de un estudio de arquitectura belga con otro danés, la idea original proyectaba convertir la rotonda en una plaza de hormigón, rodearla de vegetación y crear un espacio peatonal entre las instituciones europeas y el parque del Cincuentenario, otro icono de Bruselas. La joya de la corona sería una cubierta circular en el centro, de acero pulido y vegetación encima, que daría sombra y cubierta para ser útil todo el año. El proyecto se presupuestó en 30 millones de euros y las obras comenzaron en el verano del 2023, entorpeciendo desde entonces el día a día de miles de funcionarios europeos.
Sin embargo, el resultado final está lejos del plan ganador. La vegetación está poco presente, los planes de movilidad han cambiado y la icónica cubierta circular ha desaparecido. Tampoco ayudaron a la percepción de la nueva plaza, las olas de calor que asolaron Bélgica este verano; lo que menos falta hace, en medio de una canícula, es una explanada de hormigón sin sombra.
Además, las máquinas de construcción llegaron acompañadas por sobrecostes derivados de la inflación, el aumento del precio de los materiales y algunas intervenciones inesperadas. El coste se disparó, de los 30 millones de euros presupuestados a los 42 millones. A esto se le añadió la falta de Gobierno en la región de Bruselas-Capital durante 613 días, por lo que no había un Ejecutivo con poderes para aprobar nuevos préstamos. La Administración en funciones llegó a pedir dinero a las instituciones europeas para terminar las obras, pero estas se negaron. Así, necesitados de recortes presupuestarios, se prescindió de la cubierta insignia del proyecto. Francis de Wolf, uno de los arquitectos, no esconde la frustración por ganar un concurso y ver su idea alterada por una crisis política. «Ganamos la competición, en gran medida, por esta pieza monumental», explicó.
Este no ha sido el único cambio forzado del proyecto. Si bien se ha eliminado el tráfico de casi toda la antigua rotonda, estaba previsto mantener un carril para el transporte público y vehículos médicos, de servicios o taxis. Esta vía estaría regulada por un sistema de bolardos inteligentes que, al instalarse a finales de febrero, se demostró que no funcionaban. Apurados por los plazos y la cartera, la idea se desechó en vez de arreglarse.
El resultado final ha dado que hablar tanto en la capital belga como en redes sociales: memes, propuestas hechas con IA o discursos populistas sobre «los burócratas de Bruselas». Por ahora, el Gobierno de Bruselas se ha comprometido a añadir más vegetación.
Cristina, una gallega que trabaja en la Comisión, comparte las críticas a un espacio tan importante. «Las obras han sido un desastre. Con el cambio climático y las olas de calor es imposible pasar sin derretirse», explica. «Esta ciudad es una obra continua».