
El sábado fui invitado a una reunión de VOX en Lugo. Acudí, tengo que reconocerlo, movido más por la curiosidad que por el interés, ya que si se confirma el subidón que les dan las encuestas tendrán al menos un asiento en el pleno de nuestro ayuntamiento, y es prudente ir conociendo lo que puede venir.
En la reunión esperaba enterarme de alguna propuesta para Lugo, pero de nuestra ciudad ni se habló. Literalmente no se dijo una sola palabra. Solo se explicó, a preguntas de algún oyente, que la lista para las municipales, que parece que es lo único que interesa a todo el mundo, saldrá en marzo o abril y será «democráticamente decidida desde Madrid», sorprendente contradicción aceptada sin rechistar porque es un partido con «orden y disciplina». Las decisiones de la cúpula son incontestables bajo el argumento de «si lo dicen ellos, tendrán sus razones», extraña y discutible base para una organización que se dice democrática.
Confieso que llevaba una idea previa, dando por sentado que lo que los medios de comunicación transmiten es una caricatura exagerada de un partido cuyas posturas de máximos pueden parecer cercanas a la ultraderecha. Me equivoqué, lo que recoge la prensa es la punta del iceberg. En la reunión me sentí como si en lugar de en una cafetería del Lugo actual estuviera en una cervecería de la Alemania de los años 20.
Si cambiamos «judíos» por «moros» y «comunistas» por «podemitas» el discurso que escuché se podría confundir con el que llevó a Hitler a la cancillería alemana durante una crisis social, económica y moral que, aunque no es comparable en magnitud a la situación actual, sí tiene puntos en común. Temas como la conspiración mundial orquestada por la masonería, la persecución de la civilización occidental, la destrucción intencionada de la familia «natural» y la convicción de que si Dios fue «ordenado» y nos separó por continentes y razas «por algo lo haría» fueron argumentos que, lejos de sonrojar a quien los pronunció, eran emitidos con fanática convicción… enmascarada de sentido común.
Lo más terrible de VOX es que su discurso es creíble. Parece fundamentado en la realidad, a la que se dan los oportunos retoques para teñirla a su conveniencia y ofrece lo más importante para unir a un colectivo: un enemigo. El discurso de VOX combina con habilidad medias verdades, contradicciones y errores de bulto, leyendas urbanas y mitos sociales… pero también tristes verdades que dan credibilidad a todo lo anterior. Ese es el secreto de su éxito.
En un país en que las pensiones están en peligro, y en que a quienes se llevan nuestro dinero en sacos no solo no se les tose sino que hay que tratarlos de usted (el ejemplo de Jordi Pujol es probablemente el más icónico); en esta ensalada administrativa en que se diferencian los derechos de los ciudadanos según la comunidad autónoma en la que vivan; en una normativa que regula la gravedad de un delito en función de si su autor tiene pene; en esta España en la que enarbolar la bandera nacional es motivo de insulto o de agresión; en una sociedad que confunde tolerancia con estupidez suicida… hay caldo de cultivo para este tipo de pronunciamientos de máximos.
A eso hay que añadir la torpeza, el cinismo, la endogamia y la podredumbre de los partidos políticos, que debieran haber sido garantes del sistema político español pero que lo han prostituido y utilizado durante cuarenta años para beneficio privado de una forma descarada, al igual que innumerables sindicatos, asociaciones y entidades de todo tipo cuya connivencia con el dinero público y corrupción es tan habitual que hasta nos parece normal. Han fallado todos los mecanismos de defensa y los equilibrios de poder, y se ha logrado un cansancio, un hastío, un cabreo del que surgió Podemos y del que ahora nace su opuesto reaccionario: VOX.
Es la primera vez en mi vida que salgo asustado de una reunión de este tipo. Que para reforzar argumentos se ponga de forma ostentosa una navaja encima de la mesa no ayuda a tranquilizar a nadie, y si las palabras que acompañan al gesto son las que escuché el sábado, tenemos muchos motivos para preocuparnos.
La extrema izquierda no se combate con extrema derecha. Ambas tendencias conducen a un destino común: el totalitarismo, la dictadura y la opresión. Lo que definió al siglo XX no fue la oposición entre derecha e izquierda sino entre la libertad y la tiranía, una lucha que no terminará jamás porque exige mantenerse vigilantes, un trabajo que a veces no parecemos dispuestos a asumir.
Edmund Burke avisó más de cien años antes de que apareciera el nazismo: «Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada». Luego, cuando lleguen nuestros juicios de Núremberg, no digan que no lo sabían.