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Carlos Tavares, CEO de PSA, otra carrera para el piloto austero

Manuel Blanco REDACCIÓN / LA VOZ

MERCADOS

El primer ejecutivo del consorcio automovilístico tiene el reto de devolver a la actividad las plantas paralizadas por el coronavirus y minimizar los daños en una industria clave para Galicia

22 mar 2020 . Actualizado a las 05:09 h.

Nadie le podrá decir nunca a Carlos Tavares (Lisboa, 1958) que no es un tipo valiente. Con arrestos. Lleva media vida de hecho demostrando que no le tiene miedo a nada. Como buen piloto de carreras. Eso que siempre quiso ser y a lo que apenas le ha podido dedicar sus ratos libres. Los que le ha dejado su imponente carrera como uno de los grandes ejecutivos del sector automovilístico mundial. Desde comienzos de los años ochenta en Renault y Nissan; en los últimos seis años al frente del Grupo PSA. Un período este último que arrancó convulso; tiempos inciertos que ahora retornan a causa del coronavirus. Una crisis que lo ha obligado a tomar una de esas decisiones que un fabricante nunca querría tomar: parar todas sus plantas europeas, incluida la de Vigo, la joya de la corona del consorcio.

El riesgo masivo de contagio de los empleados, los problemas para garantizar el suministro de componentes y la abrupta caída de la venta de coches han llevado al consejo de administración de PSA a tomar una decisión cuyo recorrido dependerá de la evolución del virus. Una incertidumbre que resulta un nuevo reto para un directivo acostumbrado a navegar en aguas revueltas.

Como cuando aterrizó en la dirección de PSA en el año 2014. El fabricante había tomado una decisión inédita: nombrar al primer presidente ejecutivo no francés de su historia. Confiaba en un ingeniero portugués que había estudiado primero en el Liceo de Lisboa, para graduarse después en la prestigiosa École de París, la escuela de las élites galas. Lo hacía además en un momento crítico: el grupo arrastraba unas pérdidas de 2.277 millones de euros, lo que obligó al Gobierno francés a rescatar al grupo tomando una participación del 14 %. En la operación también entraron en el accionariado los chinos de Dongfeng Motors, una alianza estratégica para expandirse por Asia que no tardó en dar resultados. Apenas un año después, PSA presentaba un beneficio operativo superior a los 2.700 millones de euros. Tavares empezaba a forjar su leyenda con letras mayúsculas.

Con fama de austero por su decidida apuesta por las políticas de control del gasto, casado y con tres hijos, el ingeniero portugués ha mamado el mundo de la automoción desde bien joven. No en vano, con apenas 14 años era uno de los comisarios de pista del circuito de Estoril. Soñaba con ser piloto, un objetivo que nunca alcanzó a nivel profesional, aunque sí ha hecho sus pinitos como aficionado. Ha ganado en dos ocasiones las 24 horas de Barcelona e incluso participó en el mítico Rally de Montecarlo. Un bagaje en el mundo de las carreras que evidencia su carácter competitivo y una obstinación a prueba de bombas.

Un carácter que será necesario ahora para devolver la normalidad a un grupo cuyo significado para la industria gallega no admite dudas. El peso en el PIB de la comunidad de la planta de Vigo solo admite comparación con lo que representan las fábricas de Inditex en A Coruña.

Tavares tiene ya sobre la mesa el reto de devolver a la actividad a las factorías de PSA en Europa cuando todo amaine. Y debe hacerlo además en un momento en el que los retos asociados a la transición energética van a marcar la hoja de ruta del grupo en los próximos años. Un camino este que, eso sí, el CEO quiere transitar siguiendo una directriz estratégica: la electrificación de la flota de vehículos que ofrecerán a sus clientes. Primero los comerciales, después le seguirán todos los demás. La nueva carrera del luso será crucial para el futuro de Galicia. Que la suerte lo acompañe. Nos va mucho en el empeño.