Ana Garcia

06 dic 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Volver a la ciudad desde la periferia después de dos meses de ausencia obligada puede ser una experiencia desoladora. Los bares están cerrados, y ese vacío que obliga a los transeúntes a refugiarse de comercio en comercio y de panadería en supermercado para no andar por la calle sin destino, como zombis, recuerda demasiado los escenarios de las películas apocalípticas. Incluso en las periferias, donde los bares han estado abiertos, las cintas rojiblancas que prohíben acercarse a la barra desvirtúan el servicio, que incluye la conversación con el camarero y la posibilidad de interacción con el vecino o la vecina de banqueta, punto de partida de innumerables amistades e incluso de felices matrimonios. Si la ciudadanía -en este caso, la clientela- anda triste y desnortada sin sus bares y cafeterías, qué vamos a decir de la hostelería, que espera un imposible: la agilidad de las Administraciones para inyectarles la ayuda que necesitan. Según la patronal de Hostelería de España, el descenso del 50 % de la facturación que están experimentando puede llevar al cierre, al final del año, hasta a 100.000 bares y restaurantes, un tercio del total. El sector produce un 6,2 % de la riqueza del país, y da empleo a más de millón y medio de personas, así que no se entendería una falta de sensibilidad de las autoridades españolas. Alemania, país con un número de establecimientos similar al de España (para una población que es casi el doble de la nuestra), aprobó ayudas al sector por valor de 10.000 millones de euros una semana después de decretar el cierre o la limitación de aforo. Aquí nos queda la esperanza.

Podríamos estar ante el caso grave de que la corrección política incluyera en su catálogo de estupideces la de mandar la hostelería a la segunda división de las prioridades. A ver si espabilan ustedes, madres y padres de la patria. Piensen, por ejemplo, que el consumo de ansiolíticos ha aumentado un 20 % desde que se decretó la alarma. ¿No influye ahí el que no contemos ya con el consejo amable y sabio del camarero, sustituto asequible del confesor y del psicólogo? ¡Respeto al taberneiro!