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La colaboración, la mejor vía para llegar antes al paciente

MERCADOS

PACO RODRÍGUEZ

El Cimus, centro de investigación biomédica de la USC, ha hecho de la transferencia su ADN, con fármacos que ya se ensayan en humanos

23 mar 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

««El Cimus se caracteriza por hacer una investigación biomédica traslacional y orientada a la transferencia».». Así resume Mabel Loza, responsable de Innopharma y directora científica del centro de investigación, cuál es la misión que cada día se emprende desde las instalaciones del Cimus, unos resultados que se pueden resumir en algunas cifras: la creación de siete empresas a raíz de los resultados de investigación, la participación en 15 grandes proyectos con la industria con fondos competitivos, una decena de proyectos europeos, casi una veintena de patentes y la colaboración con una treintena de compañías.

«El Cimus se diferencia de otros centros de investigación en mecanismos de la enfermedad, en que toda la investigación la hacemos orientada hacia devolver a los pacientes soluciones», explica Loza, directora de Innopharma, una plataforma de altas capacidades en cribado de fármacos que forma parte del ERIC (siglas de European Research Infrastructure Consortium o Consorcio Europeo de Infraestructura de Investigación) EU-Openscreen de la USC y que opera desde el Cimus.

Es decir, el centro de investigación biomédica mantiene en el más alto nivel su trabajo científico en el ámbito académico en sus publicaciones científicas en cuanto a los mecanismos de la enfermedad, pero al mismo tiempo,una parte importante del equipo que conforma el Cimus se dedica a conectar esa investigación básica con la búsqueda de una «respuesta de mejora concreta en los pacientes». Y lo hace con una estrecha conexión con la industria. Una muestra clara son las unidades mixtas con empresas, que «es muy útil, porque desde el conocimiento académico trabajamos conectados con la visión empresarial, lo que permite acelerar la traslación de la ciencia que se hace en el Cimus al conjunto de la sociedad».

Andrea Pensado, directora de gestión especializada en transferencia del citado centro, pone un ejemplo claro de la potencia de esa colaboración entre la empresa y la investigación académica: el ensayo clínico de un fármaco con potencial para detener la progresión del covid-19 en pacientes. El fármaco (que no está comercializado) surgió de la unidad mixta que el grupo de investigación de Mabel Loza mantuvo durante más de quince años con I+D de Esteve. «En aquel momento trabajábamos fundamentalmente en dolor, y cuando llegó el coronavirus buscamos si alguno de los fármacos, que ya se estaban empezando a probar en pacientes de esta colaboración, podían reorientarse a covid-19», recuerda Loza. Encontraron un mecanismo que podía dificultar la entrada del virus en el organismo y se llegó a una prueba de concepto y a un ensayo clínico realizado en Barcelona (sede de la empresa farmacéutica) y en el área sanitaria de Santiago-Barbanza.

«Ese es un ejemplo clarísimo de cómo la transferencia puede acelerar los procesos, porque tener un fármaco creado en España para probar en ensayos clínicos en pacientes en menos de un año parecía imposible cuando empezó la pandemia», afirma la directora científica del Cimus.

La orientación hacia la transferencia a la sociedad y al tejido productivo de la investigación biomédica se hace en dicho centro desde diferentes vías, como la creación de empresas basadas en el conocimiento. Es el caso de Smart Vitamins, una spin off nacida del grupo de la investigadora María José Alonso, que ha desarrollado una tecnología innovadora para tratar enfermedades autoinmunes con nanovehículos inteligentes, basados en combinaciones sinérgicas de nutrientes esenciales. En este momento, la firma va a empezar ensayos clínicos en un proyecto para la prevención de la gripe y, además, está en fase de constitución la unidad mixta entre la spin off y el centro de investigación biomédica de la USC.

«Nosotros hacemos investigación con fondos públicos y tenemos la obligación social de intentar que esos descubrimientos mejoren la calidad de vida y a la propia sociedad», subraya Mabel Loza. Por eso, «buscar la manera más eficiente de hacerlo es nuestra obligación y, en el caso de los fármacos, la más eficiente, sin duda, es la colaboración». Es decir, generar una simbiosis entre la industria y la academia para trasladar al tejido productivo y social los mejores resultados en el menor tiempo posible.

Optimización de recursos, empleo altamente cualificado y un nuevo ecosistema innovador

La colaboración entre la universidad y la industria no solo aportan capacidades y conocimientos para la resolución de problemas, sino que acaba por generar nuevos sectores económicos. «Estas interacciones también optimizan los recursos, tanto en el sector público como en el privado, y se genera empleo altamente cualificado y un ecosistema innovador», destaca Pensado.

De la universidad salen empresas, pero también las empresas se acercan a los laboratorios del Cimus para colaborar y utilizar las capacidades que tiene la universidad.

«El gran beneficio para la empresa es que va a un lugar donde existe el conocimiento especializado en el tema concreto que le interesa», explica Mabel Loza. Además, se optimizan los costes, mejora la probabilidad de éxito y la eficiencia en tiempos. La colaboración público-privada permite a la industria mejorar su competitividad, al «tener acceso a tecnologías innovadoras». Y también se beneficia la universidad por poder llegar antes a los pacientes. «Las empresas tienen el proceso de preclínica regulatoria internalizado y eso acelera el tiempo de llegada a ensayos clínicos». El conocimiento compartido de cómo convertir la investigación en fármacos «nos permite hacernos más eficientes», dice Mabel Loza.