LA MOTIVACIÓN económica de la guerra puede ser cosa de mesarse los cabellos y rasgarse las vestiduras; no es, sin embargo, la peor de las motivaciones. El dinero obliga a echar cuentas e introduce un mecanismo racional en el desiderátum que es cualquier guerra, como quedó perfectamente demostrado en la guerra Irak-Irán. Aquel fue un conflicto sangriento, repugnante y significativo cuyo contexto y desarrollo no han desaparecido de la memoria y el pensamiento práctico de los hombres y países más directamente implicados. Sadam Husein desató entonces una guerra relámpago contra Irán para proteger sus yacimientos petrolíferos y lograr un mejor acceso al golfo Pérsico. No consiguió ni lo uno ni lo otro. Salió con las manos vacías y urdió una farsa de victoria con la que sembró su país de monumentos a unos héroes militares a los que no sólo envió a combatir, sino que, en un buen número de casos, fueron ejecutados en cuanto se desviaron mínimamente de las órdenes dictadas por Husein, un caudillo que condujo aquella guerra con una estrategia confusa y una planificación absurda. Para cuando el conflicto entró en la llamada tanker war o guerra de los petroleros , Husein ya había fusilado a tres de sus propios generales cuyas iniciativas juzgó antipatrióticas, aunque tampoco tuvo mayores escrúpulos a la hora de transformarlas en iniciativas propias. También había utilizado gas mostaza contra civiles iraníes, y gas de cianuro contra los kurdos, entre quienes causó 5.000 bajas civiles en un solo ataque, pocos meses después de haber fusilado a otros 5.000. En aquellos momentos, cuando la guerra Irak-Irán estaba tan empantanada como para que no faltaran quienes la compararan con la muy fúnebre y paralizada campaña del Somme durante la Primera Guerra Mundial, Husein forzó la entrada de los Estados Unidos para proteger los petroleros de los ataques iraníes. Es decir, recurrió al dinero para remodelar a su favor una guerra provocada por él y de la que no veía otro modo de salir indemne. Americanos y británicos pusieron a Irán en su sitio, y así quedaron las cosas hasta que Husein lo intentó de nuevo con Kuwait, de donde saldría bajo el peso de dieciséis resoluciones de la ONU, incumplidas por ahora. Está claro que la fuerza de esas resoluciones no alcanza la masa crítica del petróleo, puesto al servicio de aglutinar consensos entre las potencias y quienes no lo son tanto. Y estos últimos pueden ser tan relevantes como aquéllos si resultan ciertas las informaciones relacionadas con las reuniones de grupos de oposición anti-Husein celebradas en Londres y Washington, a las que podría haberse añadido algún alto oficial iraquí en disposición de poner en marcha lo que vendría a ser el factor último para el desencadenamiento de las hostilidades. Con el Consejo de Seguridad a favor del ultimátum, Turquía en el letargo, Arabia Saudí y Egipto cercanas a las posturas americanas y Siria, Líbano y Jordania en la actitud de no pasar de las palabras, un conflicto interno en Irak, una secesión militar conectada o no con una sublevación kurda, colocaría la intervención americana en la perspectiva de la ayuda al rebelde frente al tirano. Es una hipótesis más que acariciada.