LAS MOTIVACIONES que una persona tiene para estudiar economía son diversas, a veces curiosas, pero suelen estar relacionadas con las señales del mercado laboral. Pero la ciencia económica enseña también a comprender mejor la naturaleza de las organizaciones sociales, así como la lógica subyacente a la distribución histórica del poder. Desde una óptica parcial e incompleta, claro, pero incluyendo casi siempre variables y aspectos sustantivos del proceso. Para ello basta estudiar con interés la historia de las doctrinas económicas. La teoría económica dominante describe la situación actual de la siguiente manera. Existe un ámbito o espacio privado para la transacción y el negocio donde numerosos agentes ofertan y demandan bienes y servicios, asignan recursos escasos e interaccionan a través de un sistema de precios. Naturalmente, esta actividad descansa sobre un aparato institucional básico (legislación sobre la propiedad, policía, sistema judicial, organizaciones financieras, etc.). Es el sector privado de la economía y sus agentes principales son empresas, familias e instituciones sin fines lucrativos. El sector público surge con fuerza desde mediados del siglo pasado -añade el saber convencional- porque el mercado falla o resuelve mal ciertos asuntos relevantes (distribución de la renta, estabilidad económica, provisión de bienes públicos). Este hecho engorda el aparato institucional, completa al mercado y encauza las políticas públicas. Entre ellas destaca siempre el presupuesto. Detraer coactivamente recursos a empresas y familias para devolverlos después con criterios distintos, es cosa seria, debiendo ser la distribución de los impuestos y las prioridades del gasto, elementos diferenciadores entre las distintas opciones políticas. Pero la confusión no cesa. El revoltijo afecta a conceptos como Estado, mercado, neoliberalismo, nacionalismo o socialdemocracia. Porque la cuestión no es sólo explicitar preferencias ideológicas entre sector público y mercado, sino precisar con rigor los efectos económicos y sociales de las políticas concretas, ser responsables de las mismas y conocer mejor las limitaciones del sistema. Otros paradigmas económicos advierten que la acumulación del capital tiene su lógica y su avaricia. ¿Cómo entender sino la futura guerra contra Irak, la eternidad de los paraísos fiscales, el infierno (para casi todos) de la distribución de la riqueza o la privatización de la Autopista del Atlántico? Por cierto, la sinuosa historia de Audasa debería interesar no sólo a economistas. ¿Quién no tolera la existencia de empresas públicas eficientes y rentables? Desde Galicia habrá que exigir explicaciones solventes sobre tan lamentable y próximo acontecimiento.