De caza por Madrid

BLANCA RIESTRA

OPINIÓN

20 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

NO SÉ por qué pero uno desciende la calle Goya con muy mala conciencia y algo de miedo, uno viene de Manuel Becerra, donde Ayala pierde su casto nombre, donde nace la avenida de los toreros, donde se subastan churros y se venden flores y fruta de contrabando. No conozco plaza más castiza que Manuel Becerra, ni viejos más saludables y escupidores que los del bar Tuxpan. Pero, Goya, Goya es otra cosa. Cuando uno atraviesa Goya en autobús parece que atraviesa el Tirol o una región especialmente montañosa de la Selva Negra. Como dice Rafael Reig en su futurista Sangre a borbotones , los pobladores del barrio de Salamanca parecen vestir siempre de caza con gorritos emplumados y perdigoneras, con botas de cazar patos y bigotillos marciales. Yo bajo siempre con miedo, en autobús, escudándome en la nutrida población de la tercera edad que atesta el 146 y el 21. Temo las bombas que suelen poner por ahí los rusos y también que algún cazador del PP pase por allí desaforado, me confunda con un pato y me dispare. El conductor del 21 que es un contemporáneo mío, nostálgico de Obús y Barón Rojo (y que parece salido de una película de Alex de la Iglesia), baja sorteando socavones y problemas. Y llegamos a la patriótica plaza de Colón sin un rasguño. Bien es cierto que con este tiempo gélido, los mendigos se me van muriendo poco a poco. Pero los que quedan se apelotonan en el tramo que va de Príncipe de Vergara a Velázquez. Tienen sillas y mantas, litronas y caldos. Hay allí un rincón en que el sol es más dulce, un rincón donde se sienta un señor memorioso y algo majara, con una boina. Vende insignias de Franco y banderitas de hace ya lustros. Y sobre su puestecillo siempre luce el sol. -¿No podría yo sentarme a su lado y vender chapas de Mohamed VI?, pregunta a veces Rédouane, competitivo. La verdad, a mí me parece una idea espléndida. Yo también soy industriosa y le contesto: «Y yo podría juntarme con vosotros y vender camisetas de don Manuel». Qué mejor que pasar así los días, con una mantita sobre las piernas, rodeada de tiroleses, vendiendo chapas de grandes hombres, mientras el sol va se pone tras la Biblioteca Nacional y, en la plaza de Chueca, bandadas de niños de seis años empiezan a trapichear con costo y con maría . Qué mejor que dormitar al sol mientras van desfilando lentamente las señoras camino de las tortitas con nata y el café. Esas señoras que abrigan, cariñosas y rollizas, sus tibios corazones melancólicos y sonríen.