¿Qué reflejará el nuevo espejo catalán?

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

16 dic 2003 . Actualizado a las 06:00 h.

«LA UNIDAD de los tres trozos del espejo hará resplandecer la verdad»: eso dijo el domingo Maragall tras la firma del acuerdo que iba a convertirlo en presidente. Aunque hablar de la verdad resulta en política bastante pretencioso, es seguro, en todo caso, que el desarrollo del pacto de gobierno concluido por Iniciativa, Esquerra y PSC reflejará, como un espejo, la imagen del país que los tres socios decidan proyectar. Será ahí, de hecho, donde esa difícil mayoría terminará por jugarse su futuro. El nuevo ejecutivo catalán podría decidir gobernar, sobre todo, en clave de izquierda, convirtiendo el discurso progresista en lo económico y social en su seña de indentidad más genuina. Existe aquí, sin duda alguna, un campo de juego inexplorado, pues la izquierda no ha gobernado apenas en España en comunidades ricas con un Estado de bienestar consolidado. Cataluña constituye, desde esta perspectiva, un reto apasionante para una política de izquierdas que quiera afrontar los problemas de un efectivo reparto de la renta y los de la calidad de los servicios; los de la inmigración, la seguridad ciudadana o el diseño de una educación para la responsabilidad y la libertad. Esferas todas donde queda tanto camino por andar, que, de tener éxito, la apuesta de Maragall podría ser histórica para Cataluña y para España. Pero el nuevo ejecutivo catalán puede optar también por gobernar en nacionalista, de modo primordial, caso en el cual el nuevo espejo, como los del Callejón del gato de Luces de Bohemia, acabaría reflejando, antes o después, un auténtico esperpento. Un esperpento sí, porque al contrario de lo que acontece con la política de izquierdas, donde queda mucho y bueno por hacer, la política tendente a incrementar la autonomía catalana tiene ya un cortísimo recorrido por delante, salvo que se decida afectar al núcleo definidor de nuestro vigente pacto federal. Que Esquerra, defensora de un país independiente, quiera dar un salto cualitativo en la autonomía política y fiscal de Cataluña es explicable. Pero que Maragall acepte meterse en el dibujo endiablado de esas nuevas relaciones con España de las que habló en su investidura constituiría una auténtica locura. Por eso, el riesgo de ser acusado de estar con el Partido Popular (con quien ni he estado ni estaré) no me impedirá afirmar sin titubeos que las primeras palabras de Maragall hablando de consultas populares y de seguros dramas si su futura reforma estatutaria no fuera aceptada por las Cortes como un trágala conforman un discurso impropio de quien sabe que la legitimidad de la posición de su adversario está donde la suya: en las elecciones democráticas.