Merodeando en el baúl de los recuerdos

Doktor Pseudonimus

OPINIÓN

19 may 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Como bien sabe el lector, la figura de Unamuno ha protagonizado gran parte de los tres últimos Zaguanes. Todo parecía indicar que deberíamos poner punto final y elegir un asunto de mayor actualidad. Pero hace apenas unos días, unas declaraciones han vuelto a poner todas las cosas patas para arriba y hecho crujir las prensas de ABC y de El País. Una vez más el conflicto se refiere al altercado con Millán Astray en el acto del Paraninfo el 12 de octubre de 1936. Basándose en sus propias investigaciones y en datos de Colette y Jean-Claude Rabaté, Severiano Delgado Cruz, bibliotecario de la Universidad de Salamanca, concluye que Unamuno nunca pronunció el famoso «venceréis pero no convenceréis». La frase deriva de una «recreación literaria» del periodista Luis Portillo. Que al ser recogida en The Spanish Civil War, de Hugh Thomas, pasó a ser la versión canónica del suceso. Delgado recomienda fiarse sobre todo del testimonio de tres personas que estuvieron presentes en el acto del Paraninfo y que después dejaron por escrito su testimonio. Estas tres personas son: Eugenio Vegas Latapié, dirigente de Renovación Española, José Pérez-López Villamil, psiquiatra, y Esteban Madruga, vicerrector de la Universidad cuyo testimonio figura en La vida de D. Miguel de Emilio Salcedo.

He de confesar que el hecho de ver juntos los nombres de Salcedo y de Villamil me provocó una especie de electroshock emocional. Emilio Salcedo fue amigo mío y D. José Villamil no solo fue mi profesor de Psiquiatría durante la licenciatura sino que después fue un cordialísimo compañero en el Claustro de Profesores de la Facultad de Medicina de Santiago.

Salcedo fue un periodista salmantino. Lo conocí a finales de enero de 1965 a través de una amigo común: Adolfo Núñez Puertas, también salmantino y por entonces catedrático de Patología Quirúrgica en la Universidad de Santiago. Pocos meses antes Salcedo había escrito La vida de D. Miguel, la primera biografía de Unamuno y en algunos aspectos todavía la más fiable. Salcedo había venido a Galicia a promocionar la venta de su libro. Lo recuerdo como conferenciante y animador de diálogos en el Colegio Mayor San Clemente, en la Casa de la Parra y en el Aeroclub. También recuerdo la participación activa de aquel animador cultural irrepetible que fue Carlos Alonso del Real. Y para quienes creen que las casualidades no son tales sino designios de extraños poderes, ahí les va una anécdota. En la gira promocional del libro acompañó y participó de forma activa José Suárez. El gran fotógrafo gallego no solo de Unamuno sino también de la intelectualidad de la época colaboró en la promoción del libro de Salcedo tanto en Santiago como en A Coruña. Pues en el momento que estoy escribiendo estas letras puede admirarse una completísima exposición de la obra del gran fotógrafo de Allariz en esa joya arquitectónica que es el Museo de Bellas Artes de A Coruña.

En la ajetreada vida de Unamuno suele considerarse como punto culminante el altercado con Millán Astray en el acto del Paraninfo el 12 de octubre de 1936. Pero a mí me conmueve mucho más lo que ocurrió a continuación. Sus amigos lo abandonan, no vuelve al casino. Apenas sale de casa. Hay un momento en que dice: «Me insultan los rojos, me destituye Madrid, me restituye Burgos y luego me destituyen mis compañeros». Entonces se produce un fenómeno curioso: su utilización por algunos falangistas. El 31 de diciembre llega a su final un año trágico. A las cuatro y media de la tarde llega a su casa su antiguo alumno y ahora profesor Bartolomé Aragón. Pasa al despacho y se sientan frente a frente. Unamuno le dice a Aragón: «le agradezco que no venga con la camisa azul como hizo el último día. Aunque veo que trae el yugo y las flechas». Hay un momento que Aragón le dice a Unamuno: «a veces pienso que Dios ha vuelto la espalda a España disponiendo de sus mejores hijos». Al oírlo D. Miguel medio se incorpora y dando un manotazo sobre la camilla, dice: «¡No! ¡Eso no puede ser, Aragón! ¡España se salvará porque tiene que salvarse!». Se reclina en el sillón y hunde la barbilla en el pecho. Aragón percibe que D. Miguel no se mueve. Sus zapatillas se están quemando en el brasero. Unamuno ha muerto. Aragón asustado sale del despacho para avisar a la familia. Está pálido y desencajado. Apenas puede hablar. «¡Don Miguel, Don Miguel! ¡Yo no le he hecho nada! ¡Yo no lo he matado!»

Al día siguiente a las once de la mañana se celebra un funeral solemne en la Iglesia de la Purísima. A las cuatro de la tarde la Calle Bordadores está llena de gente. Víctor de la Serna, Miguel Fleta y otros falangistas, todos con camisa azul y correajes, sacan el féretro sobre el que figura el birrete de Rector y la bandera roja y negra de la Falange. Alrededor amigos y compañeros acompañan al féretro portando velas. Entre ellos está D. José Villamil. Cuando introducen el féretro en el nicho, Manuel Gil Ramírez que pronto será Alcalde de Salamanca, extiende el brazo en saludo romano y grita: «¡Camarada Miguel Unamuno!». Y los falangistas contestan: «¡Presente!».

Un entierro falangista. Pero también Unamuniano. Porque su hijo Fernando ha hecho esculpir en el mármol del nicho los últimos versos del largo Salmo escrito por D. Miguel treinta años antes: «Méteme Padre Eterno en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar».

Ortega está en París. A los cuatro días escribe en La Nación, de Buenos Aires: «La voz de Unamuno sonaba sin parar en los ámbitos de España desde hace un cuarto de siglo. Al cesar para siempre me temo que nuestro país padezca una época de atroz silencio».

P. D.: Durante cierto tiempo el Nacionalcatolicismo reinante logró acallar esa voz. Unamuno fue considerado una especie de hereje. Pero que en octubre de 1946 cuando yo inicio la carrera, el S.E.U. nos recomendaban un folleto de Unamuno sobre la españolización de Europa. Hoy puede que nadie sepa lo que era el S.E.U. Sobre todo desde que alguien borró la inscripción esculpida a punta de navaja que figuraba en un pupitre del aula de Fisiología. Un epigrama digno de Marcial. Decía: rouban do meu, rouban do teu… e lle chaman o SEU. Lo cierto era que pagábamos al S.E.U. 25 pesetas en octubre para poder matricularnos y otras 25 en junio para poder examinarnos. Para que puedan juzgar el poder adquisitivo, les recordaré que en el Ribadavia, la mejor tasca del Franco, una taza de ribeiro costaba una peseta y cuando le caías bien al tabernero, además te regalaba como tapa una nécora.

el zaguán del sábado

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