
Las últimas propuestas de Sanidad incluyen una elevación de la fiscalidad y la ampliación de los espacios libres de humo, tanto de tabaco como de cigarrillos electrónicos, para seguir incrementando los lugares libres de emisiones nocivas. Incluso al aire libre, como terrazas de hostelería, playas y vehículos particulares, haciendo asimismo referencia al ámbito estrictamente privado en el que, de momento, solo se pretende insistir en la concienciación para evitar fumar en espacios que no sean públicos cuando se convive con otras personas que requieran especial protección, como los menores.
Que fumar es nocivo para la salud no vamos a discutirlo, pero tampoco cabe duda de que alrededor del tabaco hay demasiada hipocresía y doble moral, sobre todo desde los poderes públicos. Siempre nos hacemos la misma pregunta: si tan pernicioso es y tantas muertes provoca -que las provoca-, ¿por qué se vende libremente? El Estado español recauda 9.000 millones de euros al año gracias al tabaco -el 4 % de los ingresos tributarios-, lo que lo sitúa como el quinto mayor contribuyente en la medida en que las labores del tabaco son el producto de consumo con mayor carga fiscal -el 77 % del precio de venta al público corresponde a impuestos-. Por otro lado, el sector aporta 43.000 empleos en su conjunto entre trabajo directo e indirecto. Es decir, que se pretende reducir el consumo un 30 % antes del 2025, pero elevando al mismo tiempo la fiscalidad para no perder unos importantes ingresos para las arcas públicas.
El reciente estado de alarma nos ha enseñado que la restricción de las libertades individuales tiene un límite, y de hecho algunos tribunales han anulado determinadas medidas entendiendo que requieren una motivación y justificación detallada para su aprobación. Por eso, antes de imponer nuevas restricciones que limiten derechos y libertades individuales -y que perjudiquen a sectores tan castigados como la hostelería-, las instituciones deben ponderar con sumo cuidado todos los intereses en conflicto y confiar algo más en la responsabilidad individual de los ciudadanos, además de insistir en campañas de concienciación para evitar la iniciación en el consumo en edades tempranas.
En fin, que aunque no se pueda negar la evidencia, hay otros productos como el alcohol o las grasas saturadas que se siguen vendiendo a pesar de su probado efecto pernicioso para la salud. Y no deja de ser cierto que las prohibiciones con poco sentido también perjudican seriamente la salud.