
La final de Eurovisión empezó con los acordes de Give Peace a Chance y acabó con la victoria prevista de Ucrania. Cualquier otra posibilidad parecía impensable en una Europa que hace frente a su guerra más atroz en décadas. Los espectadores le dieron a sus mensajes de texto el valor plebiscitario del abrazo a un país masacrado y el resultado, más o menos justo, es consecuente con el veredicto popular, como establecen sus bases. Intentar separar los criterios artísticos del factor emocional ha sido siempre una de las asignaturas pendientes del festival, más aún desde que es el pueblo quien decide. Ya ocurría cuando solo votaban los jurados profesionales, acusados desde tiempos inmemoriales de amaños geopolíticos. Apoyar al vecino ha sido siempre una norma de elemental cortesía más allá de la calidad de la canción. En el Benidorm Fest ocurrió justo lo contrario que este sábado. La voluntad popular quedó diluida para dar prioridad a una estrategia que ahora se ha demostrado atinada. El valor del televoto nunca llegará a complacer a todos.