Toros

Luis Ferrer i Balsebre
Luis Ferrer i Balsebre MIRADAS DE TINTA

OPINIÓN

Álvaro Cabrera | EFE

16 ago 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Anduve estos días releyendo a uno de mis autores preferidos, el periodista Manuel Chaves Nogales —el prólogo de A sangre y fuego debería ser lectura obligada en la escuela—, concretamente Juan Belmonte, matador de toros.

No es mi intención entrar en la polémica estéril entre taurófilos y antitaurinos, aunque reconozco que mantengo una afición vicaria causada por mi mujer, que siendo de tierras salmantinas es muy aficionada, lo que me ha llevado a acompañarla al ruedo siempre que tiene ocasión, y la Feria de La Peregrina de Pontevedra es visita obligada en estas fechas. Pero no quería hablar de corridas, sino de historia. Desde que nuestros antepasados atlantes rodeaban descalzos a un toro para darle muerte y comérselo hasta nuestros días, la historia peninsular no se puede contar sin los toros.

En la España del siglo XVI y hasta el presente no hubo celebración alguna en el país que no tuviera la lidia del toro, sea a pie o a caballo, como eje principal. Los toros, los toreros, la forma de torear y los aficionados han ido cambiando según cambiaba la sociedad (o quizá fue al revés). Leyendo la biografía de Belmonte uno se asoma a la España de los años de 1890 a 1962, retratada de forma precisa a través del lenguaje quirúrgico de la tauromaquia.

En torno al toro, la intelectualidad del 98, el desastre de Annual, la Guerra Civil, la dictadura, la República, la América colonial de entonces; el New York de los veinte, Europa y todas las capitales de España con la mentalidad, las penurias y la ternura de sus gentes, todo se expresa en los toros.

Se podrán abolir los toros, pero no se puede olvidar la historia ni desincrustar del ADN la fascinación que el toro de lidia ha ejercido y ejerce en nuestra cultura. Habrá que buscar otras formas.