
Las noticias falsas y las interpretaciones infundadas o malintencionadas no son de ahora ni afectan exclusivamente al ámbito político. Ratzinger, primero como cardenal y luego como papa, las sufrió en carne propia. Una de las más repetidas, incluso ahora que acaba de fallecer, sostiene que condenó la teología de la liberación: por mucho que se reitere ad nauseam, nada está más alejado de la verdad. Y para ello es suficiente con leer los dos documentos firmados en 1984 y 1986 como prefecto de la doctrina de la fe, así como sus dos encíclicas del 2005 y 2009.
Lo que hizo Ratzinger fue poner en evidencia —con total acierto y fundamento— a aquellos teólogos que recurrían, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados del pensamiento marxista, incluida la lucha de clases (existen pocos conceptos más antievangélicos que este). El error no está aquí en prestarle atención a la dimensión política de los relatos bíblicos, sino en hacer de esta dimensión la dimensión principal y exclusiva, lo cual conduce a una lectura claramente reductora e impropia de la escritura. Como él mismo señaló, esta llamada de atención de ninguna manera debía interpretarse como una desautorización de quienes intentaban (e intentan) responder generosamente y con espíritu evangélico a la opción preferencial por los pobres, verdadero núcleo de la doctrina social de la Iglesia. Una senda por la que Francisco sigue caminando.