No me planteé en ningún momento ver la coronación de Carlos III de Inglaterra, pero su presencia en todos los media hacía imposible no encontrársela hasta en la sopa. ¡Qué fatiga de Sálvame británico!
Ni soy antimonárquico, ni antiprotocolo, todo lo contrario, pero estas puestas en escena de la corona inglesa me producen una extraña sensación de impostura y vergüenza ajena. Digo yo que en el entierro, la boda o la coronación de un rey o una reina hay que guardar respeto y unas reglas preestablecidas, pero lo de los ingleses sobrepasa todo lo razonable. Entiendo que estos fastos reales sean un negocio redondo para muchos, pero tanto exceso resulta pelín ridículo bien entrado el siglo XXI. Hoy el cariño y el respeto del pueblo no se consiguen con semejante despliegue de caspa real.
Buscando un epíteto para describir la ceremonia, aparte de los ya dichos, solo se me ocurre el de rimbombante.
Rimbombante es algo aparatoso, llamativo, ostentoso, pedante y estrambótico. Pues eso me pareció. A los ingleses les gustan estas cosas, pero me da la impresión de que se van más a una final de Wembley y unas birras cantando el You'll Never Walk Alone en Anfield que al teatrillo de Ascot o este tipo de ceremonias tan rimbombantes.
Al final, lo único auténtico de todo el teatrillo —como escribía Miguel-Anxo Murado este domingo— va a ser una cuchara de dieciséis chelines que allá por el siglo XVII despistó un ayuda de cámara de Carlos I que recogía el aceite sagrado traído de Jerusalén con el que se ungía a los reyes. Ni el aceite debe venir ya de Jerusalén, ni Camila es la reina Isabel, ni todo el ejército de nobles vestidos de soldaditos de plomo han pisado Camelot. God save the king.