
En Bruselas se ha perdido la perspectiva histórica y nadie se pregunta el porqué de las cosas. Siguen pensando que aún somos el centro del planeta, como los emperadores chinos creían ser el Reino del Medio, hasta que la realidad se impuso. Una de las últimas manifestaciones de esta patología es la aprobación de la petulantemente llamada Ley de Servicios Digitales —DSA, Digital Services Act—. Si empezamos con eufemismos, mal vamos. En realidad, la presunta ley es un reglamento, en concreto el 2022/2065, relativo a un mercado único de servicios digitales, que modifica la Directiva 2000/31/CE. Ya sé como leguleyo europeo que un reglamento de estos prevalece sobre la ley estatal, pero lo curioso es que los propagandistas se empeñen en machacarnos con lo de DSA, como si fuese un acta del Congreso de los Estados Unidos.
El porqué ontológico de las cosas nos lleva a preguntarnos cómo es que nuestra Unión aspira a controlar los negocios de proveedores norteamericanos y chinos respecto a los usuarios europeos, sin plantearse lo primordial: por qué no hay grandes proveedores europeos de servicios digitales para los propios europeos, y de paso para el resto del mundo, en leal y sana competencia. Pues no los hay porque somos pequeños, estamos desunidos y vamos camino de la irrelevancia. Duele dar este diagnóstico, pero no podemos engañar más al enfermo si queremos salvarlo.
Ningún país europeo, ni la Unión en su conjunto, cuentan con algo remotamente parecido, en dimensión y poderío, a Amazon o AliExpress, a Twitter-X y Facebook o Weibo y WeChat, a Alphabet-Google o Baidu. No lo tenemos ni lo tendremos, porque el mercado interior europeo solo existe sobre el papel, porque nadie se preocupa de hacer ejecutar totalmente su escasa normativa y porque nuestros Estados, compinchados con sus funcionarios giratorios, siguen queriendo ser ridículos campeones nacionales de sus decimonónicas naciones.
No pinta bien. Todavía pensamos en producir bienes que otros ya saben fabricar con igual calidad y a menor coste. Esos otros han aprendido y ahora nos dan lecciones. Pero la soberbia nacionalista europea sigue anclada en la noción de la White Man's Burden, en la carga civilizadora del hombre blanco, patentada por Rudyard Kipling. Y lo peor no es eso. Lo peor es que nuestro modelo social se va manteniendo malamente a base de deudas y trucos contables. Hay que crecer. Lo siento, comisario Breton, pero pregúntese esto antes de regular la nada digital. El peor nacionalismo es sin duda el de nuestros impotentes y seniles Estados nación, no ese excéntrico y tribal de corsos o similares.