
Este año me diagnosticaron cáncer de mama. Es un golpe muy duro, pero también una oportunidad para reflexionar sobre el sistema sanitario en el que confiamos nuestras vidas. Hoy en día podríamos decir que «todos nosotros» tenemos acceso a la asistencia sanitaria, pero también es cierto que todos «queremos» la mejor asistencia posible. La medicina de vanguardia es un reto constante: requiere innovación, recursos y una gestión eficiente para ser sostenible.
Según el Instituto Nacional de Estadística, el cáncer fue la primera causa de muerte en España en el 2023 y continuó siéndolo en el primer semestre del 2024. Su incidencia sigue aumentando, lo que implica que cada vez serán más necesarias tecnologías avanzadas para diagnosticarlo en una fase precoz y realizar tratamientos más conservadores. Sin embargo, los fondos públicos, por sí solos, no bastan para mantener una medicina de primer nivel. Es aquí donde las aportaciones altruistas de entidades privadas se vuelven imprescindibles para financiar el alto coste de la tecnología médica.
Mi experiencia personal es un ejemplo de cómo la innovación puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Mi cáncer fue detectado gracias al programa de cribado de la Xunta, apoyado por mamógrafos de última generación financiados en parte por la Fundación Amancio Ortega. Esta fundación ha realizado donaciones que han supuesto un salto cualitativo en el diagnóstico y tratamiento del cáncer en España. Su inversión en aceleradores lineales y mamógrafos tecnológicamente avanzados no solo mejora la precisión diagnóstica, sino que también permite tratar el cáncer con mayor eficacia.
En mi caso, el mamógrafo avanzado permitió identificar un carcinoma lobulillar, un tipo de cáncer de mama que puede pasar desapercibido con tecnologías menos sensibles. Si mi tumor no se hubiese detectado en ese momento, podría haberse diagnosticado en el próximo cribado y de esta forma haber progresado de manera significativa, comprometiendo mi calidad de vida e incluso mi supervivencia. Este ejemplo muestra cómo la tecnología puede salvar vidas.
Otro avance crucial es la protonterapia, una alternativa de alta precisión para tratar ciertos tumores. Gracias a la donación de la Fundación Amancio Ortega esta tecnología está comenzando a implementarse en España, y sus beneficios serán evidentes en los próximos años. No obstante, la innovación tecnológica por sí sola no basta. Es imprescindible contar con personal sanitario formado, entrenado y motivado para manejar estas herramientas. Aquí también enfrentamos un reto: la escasez de profesionales especializados. Es urgente implementar planes de formación para garantizar que nuestro sistema sanitario pueda aprovechar al máximo estas inversiones
En definitiva, mantener una oncología de vanguardia requiere un esfuerzo conjunto: inversión pública, colaboración privada y un compromiso firme con la formación de los profesionales. Como sociedad, debemos reconocer y agradecer las contribuciones de empresarios y fundaciones que, con su solidaridad, contribuyen a un bien común. Su apoyo no solo mejora nuestra asistencia sanitaria, sino que también salva vidas. Es momento de valorar estas iniciativas y de abogar por un sistema que combine sostenibilidad y excelencia. Porque cada inversión en tecnología médica es una inversión en esperanza, en futuro y en vidas.