El atractivo populista de los aranceles de Trump

Santiago Calvo
Santiago Calvo EL LIBERAL

OPINIÓN

Kevin Lamarque | REUTERS

12 feb 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

A pesar del consenso entre economistas sobre los beneficios del libre comercio, la opinión pública sigue favoreciendo políticas proteccionistas. Este fenómeno es particularmente evidente en el resurgimiento de los aranceles impulsados por la Administración de Donald Trump. A pesar de los efectos negativos que las barreras comerciales imponen sobre el crecimiento económico, la competitividad y los precios al consumidor, su popularidad no ha disminuido. La clave para entender esta aparente contradicción radica en la percepción pública del comercio y su impacto en el empleo.

El trabajo Understanding of Trade, de Stefanie Stantcheva, proporciona un marco para analizar esta cuestión. A través de encuestas y experimentos, Stantcheva demuestra que la percepción del comercio como una amenaza para el empleo tiene un efecto negativo significativo y fuerte en el apoyo a políticas de apertura comercial. En contraste, los beneficios del comercio, como la reducción de precios y la mayor variedad de productos, son percibidos como difusos y abstractos, lo que impide que se traduzcan en un mayor apoyo al libre comercio.

Esta asimetría perceptiva explica por qué los aranceles, a pesar de su impacto negativo en la economía, gozan de respaldo popular. Mientras que las pérdidas derivadas del comercio internacional son concretas y fácilmente identificables (el cierre de una fábrica, por ejemplo), los beneficios son dispersos y no siempre atribuibles al comercio. Un consumidor rara vez asocia la asequibilidad de un producto con la liberalización comercial, pero un trabajador en una industria en declive identificará de inmediato la competencia extranjera como una amenaza a su estabilidad laboral.

El caso de los aranceles de Trump ilustra bien este punto. Su justificación política se basa en la protección del empleo manufacturero frente a la competencia «desleal» de China, México o Canadá. Sin embargo, estas medidas elevan los costes de producción y reducen el poder adquisitivo de los consumidores estadounidenses, sin generar beneficios netos en el empleo. El resumen es que se perjudica a los mismos sectores que se pretende proteger.

A pesar de esto, la percepción pública de los aranceles como una defensa contra la pérdida de empleos sigue vigente. La narrativa de que el comercio destruye puestos de trabajo es más intuitiva y fácil de comunicar políticamente que la idea de que, en el agregado, el comercio genera crecimiento y bienestar. En este sentido, la única manera de mitigar el rechazo al libre comercio es a través de políticas de compensación efectivas y visibles, como la formación de trabajadores desplazados o la redistribución de los beneficios del comercio hacia los sectores más afectados.

El desafío para quienes defienden el libre comercio es cómo comunicar estos beneficios de manera más efectiva. Mientras los costes de la globalización sean percibidos como inmediatos y personales, y sus beneficios como distantes y abstractos, los aranceles seguirán siendo una herramienta política atractiva para los populistas.