En un día festivo, la ciudad se trasforma. Las calles se llenan de vecinos y turistas que despojan al tráfico de su protagonismo urbano
01 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.«Y al séptimo día descansó» dice la Biblia. Pero a veces el calendario laboral permite a los trabajadores disfrutar de otros días de lecer. Días que parecen domingo, sin serlo. Días que trasforman el día a día de cada uno y de toda una ciudad. Ayer fue uno de ellos. Uno de mayo, día del trabajador y día del descanso. Las calles ourensanas se llenaron de paseantes. Niños en carritos y en los parques, bancos ocupados por personas mayores, algunas de ellas charlando y otras absortas en sus pensamientos. Y las terrazas. Verdadero símbolo del descanso y el asueto en la sociedad actual, llenas. Las aceitunas, los refrescos y la cañas colorean las mesas. La búsqueda de una silla se convierte en el mayor trabajo de la jornada. Para rematar, desaparecen por arte de magia los cláxones, atascos y dobles filas. Y es que hasta hay alguna máquina que respeta este día.