La información es poder

EDUARDO GALÁN

OURENSE

29 ene 2012 . Actualizado a las 06:00 h.

fin de semana

«J. Edgar»

EE. UU., 2011.

Director: Clint Eastwood.

Intérpretes: Leo DiCaprio, Naomi Watts, Armie Hammer.

Drama biográfico.

135 minutos.

Los biopics -contracción de biographical picture, o sea, película biográfica- son un subgénero que, con más de medio millar de cintas, ha contribuido a cimentar la industria de Hollywood. Estuvieron de moda hace décadas, cuando eran laudatorios, pero perdieron fuelle comercial a medida que el realismo desenmascaraba los mitos del Imperio. John Edgar Hoover, jefe máximo del FBI durante casi 50 años que sobrevivió a siete presidentes, ya tenía dos biografías cinematográficas poco edificantes: The ptrivate files of J. Edgar Hoover, rodada a mediados de los setenta y, la menos virulenta, J. Edgar Hoover, hecha en los ochenta. En la primera, Broderick Crawford estaba soberbio como el paranoico caza comunistas.

Clint Eastwood, siempre interesado en las biografías de hombres que están fuera de toda medida, desde Charlie Parker hasta Nelson Mandela pasando por John Huston, aborda ahora a Hoover. «No hay segundos actos en la vida de los americanos», aseguraba al comienzo de Bird, citando a Scott Fitzgerald. Y de eso va también J. Edgar, la visión de un hombre atormentado, encerrado en sí mismo, un muro patético que tuvo en sus manos todo el poder de una nación, chantajeando a presidentes o cazando bolcheviques. Mesiánico, ciego de poder y de orgullo, Hoover le dice a su secretaria, encarnada por Naomi Watts y guardiana de los famosos archivos secretos ilegales de su jefe: «La información es poder».

La interpretación de Leo DiCaprio es modélica. Con cada gesto dota de humanidad a un personaje abominable, monstruosamente gris y al tiempo implacable. Un edipo absoluto de mamá apocalíptica -Judi Dench- y un homosexual vergonzante que se limpia las manos cada vez que estrecha las de sus semejantes.

La realización es efectiva y sólida, con uso maestro de los flashbacks y de poderosos planos enfáticos, con esas zonas de sombra que el director suele dibujar sobre los rostros de sus protagonistas. Cierto que el filme pasa de puntillas por la caza de brujas de McCarthy, de igual forma que la película ha pasado por las carteleras de su país, donde la autocensura pesa más que la autocrítica.